Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.393
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Vendría inmediatamente. Adiós.
Se volvió y se dirigió a la puerta resueltamente.
.-¡Dunia! -la llamó su hermano, levantándose también y yendo hacia ella-. Ya habrás visto que Rasumikhine es un hombre excelente.
Un leve tabor apareció en las mejillas de Dunia.
-¿Por qué lo dices? -preguntó, tras unos momentos de espera.
-Es un hombre activo, trabajador, honrado y capaz de sentir un amor verdadero... Adiós, Dunia.
La joven había enrojecido vivamente. Después su semblante cobró una expresión de inquietud.
-¿Es que nos dejas para siempre, Rodia? Me has hablado como quien hace testamento.
-Adiós, Dunia.
Se apartó de ella y se fue a la ventana. Dunia esperó un momento, lo miró con un gesto de intranquilidad y se marchó llena de turbación.
Sin embargo, Rodia no sentía la indiferencia que parecía demostrar a su hermana. Durante un momento, al final de la conversación, incluso había deseado ardientemente estrecharla en sus brazos, decirle así adiós y contárselo todo. No obstante, ni siquiera se había atrevido a darle la mano.
-Más adelante, al recordar mis besos, podría estremecerse y decir que se los había robado.»
Y se preguntó un momento después:
-Además, ¿tendría la entereza de ánimo necesaria para soportar semejante confesión? No, no la soportaría; las mujeres como ella no son capaces de afrontar estas cosas.»
Sonia acudió a su pensamiento. Un airecillo fresco entraba por la ventana. Declinaba el día. Cogió su gorra y se marchó.
No se sentía con fuerzas para preocuparse por su salud, ni experimentaba el menor deseo de pensar en ella. Pero aquella angustia continua, aquellos terrores, forzosamente tenían que producir algún efecto en él, y si la fiebre no le había abatido ya era precisamente porque aquella tensión de ánimo, aquella inquietud continua, le sostenían y le infundían una falsa animación.
Erraba sin rumbo fijo. El sol se ponía. Desde hacía algún tiempo, Raskolnikof experimentaba una angustia completamente nueva, no aguda ni demasiado penosa, pero continua e invariable. Presentía largos y mortales años colmados de esta fría y espantosa ansiedad. Generalmente era al atardecer cuando tales sensaciones cobraban una intensidad obsesionante.
:Con estos estúpidos trastornos provocados por una puesta de sol -se dijo malhumorado- es imposible no cometer alguna tontería. Uno se siente capaz de ir a confesárselo todo no sólo a Sonia, sino a Dunia.»
Oyó que le llamaban y se volvió. Era Lebeziatnikof, que corría hacia él.
-Vengo de su casa. He ido a buscarle.
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