Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.390
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V
Lebeziatnikof daba muestras de una turbación extrema. -Vengo por usted, Sonia Simonovna. Perdone... No esperaba encontrarlo aquí -dijo de pronto, dirigiéndose a Raskolnikof-. No es que vea nada malo en ello, entiéndame; es, sencillamente, que no lo esperaba.
Se volvió de nuevo hacia Sonia y exclamó:
-Catalina Ivanovna ha perdido el juicio.
Sonia lanzó un grito.
-Por lo menos -dijo Lebeziatnikof- lo parece. Claro que... Pero es el caso que no sabemos qué hacer... Les contaré lo ocurrido. Después de marcharse ha vuelto. A mí me parece que le han pegado... Ha ido en busca del jefe de su marido y no lo ha encontrado: estaba comiendo en casa de otro general. Entonces ha ido al domicilio de ese general y ha exigido ver al jefe de su esposo, que estaba todavía a la mesa. Ya pueden ustedes figurarse lo que ha ocurrido. Naturalmente, la han echado, pero ella, según dice, ha insultado al general e incluso le ha arrojado un objeto a la cabeza. Esto es muy posible. Lo que no comprendo es que no la hayan detenido. Ahora está describiendo la escena a todo el mundo, incluso a Amalia Ivanovna, pero nadie la entiende, tanto grita y se debate... Dice que ya que todos la abandonan, cogerá a los niños y se irá con ellos a la calle a tocar el órgano y pedir limosna, mientras sus hijos cantan y bailan. Y que irá todos los días a pedir ante la casa del general, a fin de que éste vea a los niños de una familia de la nobleza, a los hijos de un funcionario, mendigando por las calles. Les pega y ellos lloran. Enseña a Lena a cantar aires populares y a los otros dos a bailar. Destroza sus ropas y les confecciona gorros de saltimbanqui. Como no tiene ningún instrumento de música, está dispuesta a llevarse una cubeta para golpearla a manera de tambor. No quiere escuchar a nadie. Ustedes no se pueden imaginar lo que es aquello.
Lebeziatnikof habría seguido hablando de cosas parecidas y en el mismo tono si Sonia, que le escuchaba anhelante, no hubiera cogido de pronto su sombrero y su chal y echado a correr. Raskolnikof y Lebeziatnikof salieron tras ella.
-No cabe duda de que se ha vuelto loca -dijo Andrés Simonovitch a Raskolnikof cuando estuvieron en la calle-. Si no lo he asegurado ha sido tan sólo para no inquietar demasiado a Sonia Simonovna.
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