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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.389

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Sin embargo, no podré evitar que me detengan. De no ser por una circunstancia imprevista, ya estaría encerrado. Pero aunque me encarcelen, habrán de dejarme en libertad, pues ni tienen pruebas ni las tendrán, te doy mi palabra, y por simples sospechas no se puede condenar a un hombre... Anda, siéntate... Sólo te he dicho esto para que estés prevenida... En cuanto a mi madre y a mi hermana, ya arreglaré las cosas de modo que no se inquieten ni sospechen la verdad... Por otra parte, creo que mi hermana está ahora al abrigo de la necesidad y, por lo tanto, también mi madre... Esto es todo. Cuento con tu prudencia. ¿Vendrás a verme cuando esté detenido?
-¡Sí, sí!
Allí estaban los dos, tristes y abatidos, como náufragos arrojados por el temporal a una costa desolada. Raskolnikof miraba a Sonia y comprendía lo mucho que lo amaba. Pero -cosa extraña- esta gran ternura produjo de pronto al joven una impresión penosa y amarga. Una sensación extraña y horrible. Había ido a aquella casa diciéndose que Sonia era su único refugio y su única esperanza. Había ido con el propósito de depositar en ella una parte de su terrible carga, y ahora que Sonia le había entregado su corazón se sentía infinitamente más desgraciado que antes.
-Sonia -le dijo--, será mejor que no vengas a verme cuando esté encarcelado.
Ella no contestó. Lloraba. Transcurrieron varios minutos.
De pronto, como obedeciendo a una idea repentina, Sonia preguntó:
-¿Llevas alguna cruz?
Él la miró sin comprender la pregunta.
-No, no tienes ninguna, ¿verdad? Toma, quédate ésta, que es de madera de ciprés. Yo tengo otra de cobre que fue de Lisbeth. Hicimos un cambio: ella me dio esta cruz y yo le regalé una imagen. Yo llevaré ahora la de Lisbeth y tú la mía. Tómala -suplicó-. Es una cruz, mi cruz... Desde ahora sufriremos juntos, y juntos llevaremos nuestra cruz.
-Bien, dame -dijo Raskolnikof.
Quería complacerla, pero de pronto, sin poderlo remediar, retiró la mano que había tendido.
-Más adelante, Sonia. Será mejor.
-Sí, será mejor --dijo ella, exaltada-. Te la pondrás cuando empiece tu expiación. Entonces vendrás a mí y la colgaré en tu cuello. Rezaremos juntos y después nos pondremos en marcha.
En este momento sonaron tres golpes en la puerta.
-¿Se puede pasar, Sonia Simonovna? -preguntó cortésmente una voz conocida.
Sonia corrió hacia la puerta, llena de inquietud. La abrió y la rubia cabeza de Lebeziatnikof apareció junto al marco.


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