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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.387

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Todo me era indiferente. Desde luego, no fue la idea del dinero la que me impulsó a matar. Más que el dinero necesitaba otra cosa... Ahora lo sé... Compréndeme... Si tuviera que volver a hacerlo, tal vez no lo haría... Era otra la cuestión que me preocupaba y me impulsaba a obrar. Yo necesitaba saber, y cuanto antes, si era un gusano como los demás o un hombre, si era capaz de franquear todos los obstáculos, si osaba inclinarme para asir el poder, si era una criatura temerosa o si procedía como el que ejerce un derecho.
-¿Derecho a matar? -exclamó la joven, atónita.
-¡Calla, Sonia! -exclamó Rodia, irritado. A sus labios acudió una objeción, pero se limitó a decir-: No me interrumpas. Yo sólo quería decirte que el diablo me impulsó a hacer aquello y luego me hizo comprender que no tenía derecho a hacerlo, puesto que era un gusano como los demás. El diablo se burló de mí. Si estoy en tu casa es porque soy un gusano; de lo contrario, no te habría hecho esta visita... Has de saber que cuando fui a casa de la vieja, yo solamente deseaba hacer un experimento.
-Usted mató.
-Pero ¿cómo? No se asesina como yo lo hice. El que comete un crimen procede de modo muy distinto... Algún día lo contaré todo detalladamente... ¿Fue a la vieja a quien maté? No, me asesiné a mí mismo, no a ella, y me perdí para siempre... Fue el diablo el que mató a la vieja y no yo.
Y de pronto exclamó con voz desgarradora:
-¡Basta, Sonia, basta! ¡Déjame, déjame!
Raskolnikof apoyó los codos en las rodillas y hundió la cabeza entre sus manos, rígidas como tenazas.
-¡Qué modo de sufrir! -gimió Sonia.
-Bueno, ¿qué debo hacer? Habla -dijo el joven, levantando la cabeza y mostrando su rostro horriblemente descompuesto.
-¿Qué debes hacer? -exclamó la muchacha.
Se arrojó sobre él. Sus ojos, hasta aquel momento bañados en lágrimas, centellaron de pronto.
-¡Levántate!
Le había puesto la mano en el hombro. Él se levantó y la miró, estupefacto.
-Ve inmediatamente a la próxima esquina, arrodíllate y besa la tierra que has mancillado. Después inclínate a derecha e izquierda, ante cada persona que pase, y di en voz alta: - ¡He matado! » Entonces Dios te devolverá la vida.
Temblando de pies a cabeza, le asió las manos convulsivamente y le miró con ojos de loca.


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