Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.380
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Sonia estaba fuera de sí. Saltó del lecho. De pie en medio de la habitación, se retorcía las manos. Luego volvió rápidamente sobre sus pasos y de nuevo se sentó al lado de Raskolnikof, tan cerca que sus cuerpos se rozaban. De pronto se estremeció como si la hubiera asaltado un pensamiento espantoso, lanzó un grito y, sin que ni ella misma supiera por qué, cayó de rodillas delante de Raskolnikof.
-¿Qué ha hecho usted? Pero ¿qué ha hecho usted? -exclamó, desesperada.
De pronto se levantó y rodeó fuertemente con los brazos el cuello del joven.
Raskolnikof se desprendió del abrazo y la contempló con una triste sonrisa.
-No lo comprendo, Sonia. Me abrazas y me besas después de lo que te acabo de confesar. No sabes lo que haces.
Ella no le escuchó. Gritó, enloquecida:
-¡No hay en el mundo ningún hombre tan desgraciado como tú!
Y prorrumpió en sollozos.
Un sentimiento ya olvidado se apoderó del alma de Raskolnikof. No se pudo contener. Dos lágrimas brotaron de sus ojos y quedaron pendientes de sus pestañas.
-¿No me abandonarás, Sonia? -preguntó, desesperado.
-No, nunca, en ninguna parte. Te seguiré adonde vayas. ¡Señor, Señor! ¡Qué desgraciada soy...! ¿Por qué no te habré conocido antes? ¿Por qué no has venido antes? ¡Dios mío!
-Pero he venido.
-¡Ahora...! ¿Qué podemos hacer ahora? ¡Juntos, siempre juntos! -exclamó Sonia volviendo a abrazarle-. ¡Te seguiré al presidio!
Raskolnikof no pudo disimular un gesto de indignación. Sus labios volvieron a sonreír como tantas veces habían sonreído, con una expresión de odio y altivez.
-No tengo ningún deseo de ir a presidio, Sonia.
Tras los primeros momentos de piedad dolorosa y apasionada hacia el desgraciado, la espantosa idea del asesinato reapareció en la mente de la joven. El tono en que Raskolnikof había pronunciado sus últimas palabras le recordaron de pronto que estaba ante un asesino. Se quedó mirándole sobrecogida. No sabía aún cómo ni por qué aquel joven se había convertido en un criminal. Estas preguntas surgieron de pronto en su imaginación, y las dudas le asaltaron de nuevo. ¿Él un asesino? ¡Imposible!
-Pero ¿qué me pasa? ¿Dónde estoy? -exclamó profundamente sorprendida y como si le costara gran trabajo volver a la realidad-. Pero ¿cómo es posible que un hombre como usted cometiera...? Además, ¿por qué?
-Para robar, Sonia -respondió Raskolnikof con cierto malestar.
Sonia se quedó estupefacta. De pronto, un grito escapó de sus labios.
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