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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.378

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-¿Qué le ocurre? -preguntó Sonia, llena de turbación.
Raskolnikof no pudo pronunciar ni una palabra. Había pensado dar -la explicación» en circunstancias completamente distintas y no comprendía lo que estaba ocurriendo en su interior.
Sonia se acercó paso a paso, se sentó a su lado, en el lecho, y, sin apartar de él los ojos, esperó. Su corazón latía con violencia. La situación se hacía insoportable. Él volvió hacia la joven su rostro, cubierto de una palidez mortal. Sus contraídos labios eran incapaces de pronunciar una sola palabra. Entonces el pánico se apoderó de Sonia.
-¿Qué le pasa? -volvió a preguntarle, apartándose un poco de él.
-Nada, Sonia. No te asustes... Es una tontería... Sí, basta pensar en ello un instante para ver que es una tontería -murmuró como delirando-. No sé por qué he venido a atormentarte -añadió, mirándola-. En verdad, no lo sé. ¿Por qué? ¿Por qué? No ceso de hacerme esta pregunta, Sonia.
Tal vez se la había hecho un cuarto de hora antes, pero en aquel momento su debilidad era tan extrema que apenas se daba cuenta de que existía. Un continuo temblor agitaba todo su cuerpo.
-¡Cómo se atormenta usted! -se lamentó Sonia, mirándole.
-No es nada, no es nada... He aquí lo que te quería decir...
Una sombra de sonrisa jugueteó unos segundos en sus labios.
-¿Te acuerdas de lo que quería decirte ayer?
Sonia esperó, visiblemente inquieta.
-Cuando me fui, te dije que tal vez te decía adiós para siempre, pero que si volvía hoy te diría quién mató a Lisbeth.
De pronto, todo el cuerpo de Sonia empezó a temblar.
-Pues bien, he venido a decírtelo.
-Así, ¿hablaba usted en serio? -balbuceó Sonia haciendo un gran esfuerzo-. Pero ¿cómo lo sabe usted? -preguntó vivamente, como si acabara de volver en sí.
Apenas podía respirar. La palidez de su rostro aumentaba por momentos.
-El caso es que lo sé.
Sonia permaneció callada un momento.
-¿Lo han encontrado? -preguntó al fin, tímidamente.
-No, no lo han encontrado.
-Entonces, ¿cómo sabe usted quién es? -preguntó la joven tras un nuevo silencio y con voz casi imperceptible.
Él se volvió hacia ella y la miró fijamente, con una expresión singular.
-¿Lo adivinas?
Una nueva sonrisa de impotencia flotaba en sus labios. Sonia sintió que todo su cuerpo se estremecía.
-Pero usted me... -balbuceó ella con una sonrisa infantil-. ¿Por qué quiere asustarme?
-Para saber lo que sé -dijo Raskolnikof, cuya mirada seguía fija en la de ella, como si no tuviera fuerzas para apartarla-, es necesario que esté -ligado» a -él».


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