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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.376

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-¡Siempre lo mismo! -exclamó Raskolnikof, indignado-. No piensa usted más que en ellos. Quédese un momento conmigo.
-Pero Catalina Ivanovna...
-Catalina Ivanovna no la olvidará: puede estar segura -dijo Raskolnikof, molesto-. Como ha salido, vendrá aquí, y si no la encuentra, se arrepentirá usted de haberse marchado.
Sonia se sentó, presa de una perplejidad llena de inquietud. Raskolnikof guardó silencio, con la mirada fija en el suelo. Parecía reflexionar.
-Tal vez Lujine no tenía hoy intención de hacerla detener, porque no le interesaba. Pero si la hubiese tenido y ni Lebeziatnikof ni yo hubiéramos estado allí, usted estaría ahora en la cárcel, ¿no es así?
-Sí -respondió Sonia con voz débil y sin poder prestar demasiada atención a lo que Raskolnikof le decía, tal era la ansiedad que la dominaba.
-Pues bien, habría sido muy fácil que yo no estuviera allí, y en cuanto a Lebeziatnikof, ha sido una casualidad que fuese.
Sonia no contestó.
-Y si la hubieran metido en la cárcel, ¿qué habría pasado? ¿Se acuerda de lo que le dije ayer?
Ella seguía guardando silencio. El esperó unos segundos. Después siguió diciendo, con una risa un tanto forzada:
-Creía que me iba usted a repetir que no le hablara de estas cosas... ¿Qué? -preguntó tras una breve pausa-. ¿Insiste usted en no abrir la boca? Sin embargo, necesitamos un tema de conversación. Por ejemplo, me gustaría saber cómo resolvería cierta cuestión..., como diría Lebeziatnikof -añadió, notando que empezaba a perder la sangre fría-. No, no hablo en broma. Supongamos, Sonia, que usted conoce por anticipado todos los proyectos de Lujine y sabe que estos proyectos sumirían definitivamente en el infortunio a Catalina Ivanovna, a sus hijos y, por añadidura, a usted..., y digo -por añadidura» porque a usted sólo se la puede considerar como cosa aparte. Y supongamos también que, a consecuencia de esto, Poletchka haya de verse obligada a llevar una vida como la que usted lleva. Pues bien, si en estas circunstancias estuviera en su mano hacer que Lujine pereciera, con lo que salvaría a Catalina Ivanovna y a su familia, o dejar que Lujine viviera y llevase a cabo sus infames propósitos, ¿qué partido tomaría usted? Ésta es la pregunta que quiero que me conteste.
Sonia le miró con inquietud. Aquellas palabras, pronunciadas en un tono vacilante, parecían ocultar una segunda intención.
-Ya sabía yo que iba a hacerme una pregunta extraña -dijo la joven dirigiéndole una mirada penetrante.


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