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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.365

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.. Pero cálmese, señora. Ya veo que usted no teme a nada ni a nadie. Esto..., esto se debía hacer en la comisaría... Aunque -prosiguió Lujine, balbuceando -hay aquí bastantes testigos... Estoy dispuesto a registrarla... Sin embargo, es una cuestión delicada, a causa de la diferencia de sexos... Si Amalia Ivanovna quisiera ayudarnos... Desde luego, no es así como se hacen estas cosas, pero hay casos en que...
-¡Hágala registrar por quien quiera! -vociferó Catalina Ivanovna-. Enséñale los bolsillos... ¡Mira, mira, monstruo! En éste no hay nada más que un pañuelo, como puedes ver. Ahora el otro. ¡Mira, mira! ¿Lo ves bien?
Y Catalina Ivanovna, no contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, los volvió del revés uno tras otro. Pero apenas deshizo los pliegues que se habían formado en el forro del segundo, el de la derecha, saltó un papelito que, describiendo en el aire una parábola, cayó a los pies de Lujine. Todos lo vieron y algunos lanzaron una exclamación. Piotr Petrovitch se inclinó, cogió el papel con los dedos y lo desplegó: era un billete de cien rublos plegado en ocho dobles. Lujine lo hizo girar en su mano a fin de que todo el mundo lo viera.
-¡Ladrona! ¡Fuera de aquí! ¡La policía! ¡La policía! -exclamó la señora Lipevechsel-. ¡Deben mandarla a Siberia! ¡Fuera de aquí!
De todas partes salían exclamaciones. Raskolnikof no cesaba de mirar en silencio a Sonia; sólo apartaba los ojos de ella de vez en cuando para fijarlos en Lujine. Sonia estaba inmóvil, como hipnotizada. Ni siquiera podía sentir asombro. De pronto le subió una oleada de sangre a la cara, se la cubrió con las manos y lanzó un grito.
-¡Yo no he sido! ¡Yo no he cogido el dinero! ¡Yo no sé nada! -exclamó en un alarido desgarrador y, corriendo hacia Catalina Ivanovna.
Ésta le abrió el asilo inviolable de sus brazos y la estrechó convulsivamente contra su corazón.
-¡Sonia, Sonia! ¡No te creo; ya ves que no te creo! -exclamó Catalina Ivanovna, rechazando la evidencia.
Y mecía en sus brazos a Sonia como si fuera una niña, y la estrechaba una y otra vez contra su pecho, o le cogía las manos y se las cubría de besos apasionados.
-¿Robar tú? ¡Qué imbéciles, Señor! ¡Necios, todos sois unos necios! -gritó, dirigiéndose a los presentes-. ¡No sabéis lo hermoso que es su corazón! ¿Robar ella..., ella? ¡Pero si sería capaz de vender hasta su último trozo de ropa y quedarse descalza para socorrer a quien lo necesitase! ¡Así es ella! ¡Se hizo extender la tarjeta amarilla para que mis hijos y yo no muriésemos de hambre! ¡Se vendió por nosotros! ¡Ah, mi querido difunto, mi pobre difunto! ¿Ves esto, pobre esposo mío? ¡Qué comida de funerales, Señor! ¿Por qué no la defiendes, Dios mío? ¿Y qué hace usted ahí, Rodion Romanovitch, sin decir nada? ¿Por qué no la defiende usted? ¿Es que también usted la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos valéis menos que su dedo meñique! ¡Señor, Señor! ¿Por qué no la defiendes?


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