Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.363
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Comprenda usted, señorita. No puedo sospechar de Andrés Simonovitch. La simple idea de esta sospecha me parece un disparate. Tampoco es posible que me haya equivocado en mis cuentas, porque las he verificado momentos antes de llegar usted y he comprobado su exactitud. Comprenda que la agitación que usted ha demostrado, su prisa en marcharse, el hecho de que haya tenido usted en todo momento las manos sobre la mesa, y también, en fin, su situación social y los hábitos propios de ella, son motivos suficientes para que me vea obligado, muy a pesar mío y no sin cierto horror, a concebir contra usted sospechas, crueles sin duda pero legítimas. Quiero añadir y repetir que, por muy convencido que esté de su culpa, sé que corro cierto riesgo al acusarla. Sin embargo, no vacilo en hacerlo, y le diré por qué. Lo hago exclusivamente por su ingratitud. La llamo para hablar de una posible ayuda a su infortunada segunda madre, le entrego mi óbolo de diez rublos, y he aquí el pago que usted me da. No, esto no está nada bien. Necesita usted una lección. Reflexione. Le hablo como le hablaría su mejor amigo, y, en verdad, no puede usted tener en este momento otro amigo mejor, pues, si no lo fuese, procedería con todo rigor e inflexibilidad. Bueno, ¿qué dice usted?
-Yo no le he quitado nada -murmuró Sonia, aterrada-. Usted me ha dado diez rublos. Mírelos. Se los devuelvo.
Sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo que había en él, sacó el billete de diez rublos que Lujine le había dado y se lo ofreció.
-¿Así -dijo Piotr Petrovitch en un tono de censura y sin tomar el billete-, persiste usted en negar que me ha robado cien rublos?
Sonia miró en todas direcciones y sólo vio semblantes terribles, burlones, severos o cargados de odio. Dirigió una mirada a Raskolnikof, que estaba en pie junto a la pared. El joven tenía los brazos cruzados y fijaba en ella sus ardientes ojos.
-¡Dios mío! -gimió Sonia.
-Amalia Ivanovna -dijo Lujine en un tono dulce, casi acariciador-, habrá que llamar a la policía, y le ruego que haga subir al portero para que esté aquí mientras llegan los agentes.
-Gott der harmberzige[L56]! -dijo la señora Lipevechsel-. Ya sabía yo que era una ladrona.
-¿Conque lo sabía usted? Entonces no cabe duda de que existen motivos para que usted haya pensado en ello.
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