Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.356
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-Sí -dijo el de intendencia, apurando una nueva copa de vodka-, había que tirarle de los pelos. Y muchas veces.
-Hay imbéciles -replicó vivamente Catalina Ivanovna -a los que no sólo habría que tirar del pelo, sino también que echarlos a la calle a escobazos..., y no me refiero al difunto precisamente.
Sus mejillas enrojecían cada vez más, la ahogaba la rabia y parecía a punto de estallar. Algunos invitados reían disimuladamente: al parecer, les divertía la escena. No faltaban los que incitaban al de intendencia, hablándole en voz baja: eran los eternos cizañeros.
-Per...mí...tame preguntarle a... quién se re...fiere usted -dijo el ex empleado-. Pero no..., no vale la pena... La cosa no tiene importancia... Una viuda... Una pobre viuda... La per... perdono... No se hable más del asunto.
Y se bebió otra copa de vodka.
Raskolnikof escuchaba todo esto en silencio y con una expresión de disgusto. Sólo comía por no desairar a Catalina Ivanovna, limitándose a mordisquear los manjares con que ella le llenaba continuamente el plato. Toda su atención estaba concentrada en Sonia. Ésta temblaba, dominada por una inquietud creciente, pues presentía que la comida terminaría mal, y seguía con la vista, aterrada, los progresos de la exasperación de Catalina Ivanovna. Sabía muy bien que ella misma, Sonia, había sido la causa principal del insultante desaire con que las dos damas habían respondido a la invitación de su madrastra. Se había enterado por Amalia Ivanovna de que la madre incluso se había sentido ofendida y había preguntado a la patrona: -¿Cree usted que yo puedo sentar a mi hija junto a esa... señorita?» La joven sospechaba que su madrastra estaba enterada de ello, en cuyo caso este insulto la mortificaría más que una afrenta dirigida contra ella misma, contra sus hijos y contra la memoria de su padre. En fin, que Catalina Ivanovna, ante el terrible ultraje, no descansaría hasta haber dicho a aquellas provincianas que las dos eran unas..., etc., etc.
Para colmo de desdichas, uno de los invitados que se sentaba en el otro extremo de la mesa envió a Sonia un plato donde se veían dos corazones traspasados por una flecha, modelados con pan de centeno. Catalina Ivanovna, en un súbito arranque de cólera, manifestó a voz en grito que el autor de semejante broma era seguramente un asno borracho.
Amalia Ivanovna, presa también de los peores presentimientos acerca del desenlace de la comida y, por otra parte, herida profundamente por la aspereza con que la trataba Catalina Ivanovna, se propuso dar un giro a la atención general y, al mismo tiempo, hacerse valer a los ojos de todos los presentes.
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