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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.355

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Acto seguido recorrió las caras de todos los invitados con una mirada ceñuda, y de pronto, de un extremo a otro de la mesa, preguntó al viejo sordo si no quería más asado y si había bebido oporto. El viejecito no contestó y tardó un buen rato en comprender lo que le preguntaban, aunque sus vecinos habían empezado a zarandearlo para reírse a su costa. Él no hacía más que mirar confuso en todas direcciones, lo que llevaba al colmo la alegría general.
-¡Qué estúpido! -exclamó Catalina Ivanovna, dirigiéndose a Raskolnikof-. ¡Fíjese! ¿Por qué le habrán traído? En cuanto a Piotr Petrovitch, siempre he estado segura de él, y en verdad puede decirse -ahora se dirigía a Amalia Ivanovna y con un gesto tan severo que la patrona se sintió intimidada- que no se parece en nada a sus quisquillosas provincianas. Mi padre no las habría querido ni para cocineras, y si mi difunto esposo les hubiera hecho el honor de recibirlas, habría sido tan sólo por su excesiva bondad.
-¡Y cómo le gustaba beber! -exclamó de pronto el antiguo empleado de intendencia mientras vaciaba su décima copa de vodka-. ¡Tenía verdadera debilidad por la bebida!
Catalina Ivanovna se revolvió al oír estas palabras.
-Mi difunto marido tenía ciertamente ese defecto, nadie lo ignora, pero era un hombre de gran corazón que amaba y respetaba a su familia. Su desgracia fue que, llevado de su bondad excesiva, alternaba con todo el mundo, y sólo Dios sabe los desarrapados con que se reuniría para beber. Los individuos con que trataba valían menos que su dedo meñique. Figúrese usted, Rodion Romanovitch, que encontraron en su bolsillo un gallito de mazapán. Ni siquiera cuando estaba embriagado olvidaba a sus hijos.
-¿Un gaaallito? -exclamó el ex empleado de intendencia-. ¿Ha dicho usted un ga... gallito?
Catalina Ivanovna no se dignó contestar. Estaba pensativa. De pronto lanzó un suspiro.
Luego dijo, dirigiéndose a Raskolnikof:
-Usted creerá, sin duda, como cree todo el mundo, que yo era demasiado severa con él. Pues no. Él me respetaba, me respetaba profundamente. Tenía un hermoso corazón y yo le compadecía a veces. Cuando, sentado en su rincón, levantaba los ojos hacia mí, yo me conmovía de tal modo, que sentía la tentación de mostrarme cariñosa con él. Pero me retenía la idea de que inmediatamente empezaría a beber de nuevo. Tenía que ser rigurosa, pues éste era el único modo de frenarlo.


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