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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.354

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Tampoco comprendo por qué ha faltado Piotr Petrovitch... Pero ¿qué le habrá pasado a Sonia? ¿Dónde estará...? ¡Ah, ya viene...! ¿Qué te ha ocurrido, Sonia? ¿Dónde te has metido? Debiste arreglar las cosas de modo que pudieras acudir puntualmente a los funerales de tu padre... Rodion Romanovitch, hágale sitio a su lado... Siéntate, Sonia, y coge lo que quieras. Te recomiendo esta carne en gelatina. En seguida traerán los crêpes... ¿Ya están servidos los niños? ¿No te hace falta nada, Poletchka...? Pórtate bien, Lena; y tú, Kolia, no muevas las piernas de ese modo. Compórtate como un niño de buena familia... ¿Qué hay, Sonetchka?
Sonia se apresuró a transmitirle las excusas de Piotr Petrovitch, levantando la voz cuanto pudo, a fin de que todos la oyeran, y exagerando las expresiones de respeto de Lujine. Añadió que Piotr Petrovitch le había dado el encargo de decirle que vendría a verla tan pronto como le fuera posible para hablar de negocios, ponerse de acuerdo sobre los pasos que había de dar, etc.
Sonia sabía que estas palabras tranquilizarían a Catalina Ivanovna y, sobre todo, que serían un bálsamo para su amor propio. Se había sentado al lado de Raskolnikof y le había dirigido una mirada rápida y curiosa; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y hablarle.
Al mismo tiempo que distraída, parecía estar atenta a descubrir el menor deseo en el semblante de su madrastra. Ninguna de las dos iba de luto, por no tener vestido negro. Sonia llevaba un trajecito pardo, y Catalina Ivanovna un vestido de indiana oscuro, a rayas, que era el único que tenía.
Las excusas de Piotr Petrovitch produjeron excelente impresión. Después de haber escuchado las palabras de Sonia con grave semblante, Catalina Ivanovna se informó con la misma dignidad de la salud de Piotr Petrovitch. En seguida dijo a Raskolnikof, casi en voz alta, que habría sido verdaderamente chocante ver un hombre tan serio y respetable como Lujine en aquella extraña sociedad, y que se comprendía que no hubiera acudido, a pesar de los lazos de amistad que le unían a su familia.
-He aquí por qué le agradezco especialmente, Rodion Romanovitch, que no haya despreciado mi hospitalidad, aunque usted está en condiciones parecidas -añadió en voz lo bastante alta para que todos la oyeran-. Estoy segura de que sólo la gran amistad que le unía a mi pobre esposo ha podido inducirle a mantener su palabra.


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