Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.343
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Se apresuró a instalarla cómodamente ante la mesa y frente a él. Cuando se sentó, Sonia paseó una mirada en torno de ella: sus ojos se posaron en Lebeziatnikof, después en el dinero que había sobre la mesa y finalmente en Piotr Petrovitch, del que ya no pudieron apartarse. Se diría que había quedado fascinada. Lebeziatnikof se dirigió a la puerta.
Piotr Petrovitch se levantó, dijo a Sonia por señas que no se moviese y detuvo a Andrés Simonovitch en el momento en que éste iba a salir.
-¿Está abajo Raskolnikof? -le preguntó en voz baja-. ¿Ha llegado ya?
-¿Raskolnikof? Sí, está abajo. ¿Por qué? Sí, lo he visto entrar. ¿Por qué lo pregunta?
-Le ruego que permanezca aquí y que no me deje solo con esta... señorita. El asunto que tenemos que tratar es insignificante, pero sabe Dios las conclusiones que podría extraer de nuestra entrevista esa gente... No quiero que Raskolnikof vaya contando por ahí... ¿Comprende lo que quiero decir?
-Comprendo, comprendo- dijo Lebeziatnikof con súbita lucidez-. Está usted en su derecho. Sus temores respecto a mí son francamente exagerados, pero... Tiene usted perfecto derecho a obrar así. En fin, me quedaré. Me iré al lado de la ventana y no los molestaré lo más mínimo. A mi juicio, usted tiene derecho a...
Piotr Petrovitch volvió al sofá y se sentó frente a Sonia. La miró atentamente, y su semblante cobró una expresión en extremo grave, incluso severa. -No vaya usted a imaginarse tampoco cosas que no son», parecía decir con su mirada. Sonia acabó de perder la serenidad.
-Ante todo, Sonia Simonovna, transmita mis excusas a su honorable madre... No me equivoco, ¿verdad? Catalina Ivanovna es su señora madre, ¿no es cierto?
Piotr Petrovitch estaba serio y amabilísimo. Evidentemente abrigaba las más amistosas relaciones respecto a Sonia.
-Sí -repuso ésta, presurosa y asustada-, es mi segunda madre.
-Pues bien, dígale que me excuse. Circunstancias ajenas a mi voluntad me impiden asistir al festín. Me refiero a esa comida de funerales a que ha tenido la gentileza de invitarme.
-Se lo voy a decir ahora mismo.
Y Sonetchka se puso en pie en el acto.
-Tengo que decirle algo más -le advirtió Piotr Petrovitch, sonriendo ante la ingenuidad de la muchacha y su ignorancia de las costumbres sociales-. Sólo quien no me conozca puede suponerme capaz de molestar a otra persona, de hacerle venir a verme, por un motivo tan fútil como el que le acabo de exponer y que únicamente tiene interés para mí.
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