Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.326
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-No te precipites a hablar de Mitri... Sin embargo, habrás de explicarme cómo bajaste la escalera. Los porteros os vieron a los dos juntos.
-Corrí hasta alcanzar a Mitri. Me dije que de este modo no se sospecharía de mí -respondió Nicolás al punto, como quien recita una lección bien aprendida.
-La cosa está clara: repite una serie de palabras que ha estudiado -murmuró para sí el juez de instrucción.
En esto, su vista tropezó con Raskolnikof, de cuya presencia se había olvidado, tan profunda era la emoción que su escena con Nicolás le había producido.
Al ver a Raskolnikof volvió a la realidad y se turbó. Se fue hacia él, presuroso.
-Rodion Romanovitch, amigo mío, perdóneme... Ya ve usted que... Usted no tiene nada que hacer aquí... Yo soy el primer sorprendido, como puede usted ver... Váyase, se lo ruego...
Y le cogió del brazo, indicándole la puerta.
-Esto ha sido inesperado para usted, ¿verdad? -dijo Raskolnikof, que, dándose cuenta de todo, había cobrado ánimos.
-Tampoco usted lo esperaba, amigo mío. Su mano tiembla.¡Je, je, je!
-También usted está temblando, Porfirio Petrovitch.
-Desde luego, no ha sido una sorpresa para mí.
Estaban ya junto a la puerta. Porfirio esperaba con impaciencia que se marchara Raskolnikof. El joven preguntó de pronto:
-Entonces, ¿no me muestra usted la sorpresa?
-¡Le están castañeteando los dientes y miren ustedes cómo habla! ¡Es usted un hombre cáustico! ¡Bueno, hasta la vista!
-Yo creo que sería mejor que nos dijéramos adiós.
-Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera -gruñó Porfirio con una sonrisa sarcástica.
Al cruzar la oficina, Raskolnikof advirtió que varios empleados le miraban fijamente. Al llegar a la antesala vio que, entre otras personas, estaban los dos porteros de la casa del crimen, aquellos a los que él había pedido días atrás que lo llevaran a la comisaría. De su actitud se deducía que esperaban algo. Apenas llegó a la escalera, oyó que le llamaba Porfirio Petrovitch. Se volvió y vio que el juez de instrucción corría hacia él, jadeante.
-Sólo dos palabras, Rodion Romanovitch. Este asunto terminará como Dios quiera, pero yo tendré que hacerle todavía, por pura fórmula, algunas preguntas. Nos volveremos a ver, ¿no?
Porfirio se había detenido ante él, sonriente.
-¿No? -repitió.
Al parecer, deseaba añadir algo, pero no dijo nada más.
-Perdóneme por mi conducta de hace un momento -dijo Raskolnikof, que había recobrado la presencia de ánimo y experimentaba un deseo irresistible de fanfarronear ante el magistrado-.
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