Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.323
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-¡Silencio! Hable más bajo. Se lo digo en serio. Procure reprimirse. No estoy bromeando.
Al decir esto Porfirio, su semblante había perdido su expresión de temor y de bondad. Ahora ordenaba francamente, severamente, con las cejas fruncidas y un gesto amenazador. Parecía haber terminado con las simples alusiones y los misterios y estar dispuesto a quitarse la careta. Pero esta actitud fue momentánea.
Raskolnikof se sintió interesado al principio; después, de súbito, notó que la ira le dominaba. Sin embargo, aunque su exasperación había llegado al límite, obedeció -cosa extraña- la orden de bajar la voz.
-No me dejaré torturar -murmuró en el mismo tono de antes. Pero advertía, con una mezcla de amargura y rencor, que no podía obrar de otro modo, y esta convicción aumentaba su cólera-. Deténgame -añadió-, regístreme si quiere; pero aténgase a las reglas y no juegue conmigo. ¡Se lo prohíbo!
-Nada de reglas -respondió Porfirio, que seguía sonriendo burlonamente y miraba a Raskolnikof con cierto júbilo-. Le invité a venir a verme como amigo.
-No quiero para nada su amistad, la desprecio. ¿Oye usted? Y ahora cojo mi gorra y me marcho. Veremos qué dice usted, si tiene intención de arrestarme.
Cogió su gorra y se dirigió a la puerta.
-¿No quiere ver la sorpresa que le he reservado?-le dijo Porfirio Petrovitch, con su irónica sonrisita y cogiéndole del brazo, cuando ya estaba ante la puerta. Parecía cada vez más alegre y burlón, y esto ponía a Raskolnikof fuera de sí.
-¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa? -preguntó Rodia, fijando en el juez de instrucción una mirada llena de inquietud.
-Una sorpresa que está detrás de esa puerta... ¡Je, je, je!
Señalaba la puerta cerrada que comunicaba con sus habitaciones.
-Incluso la he encerrado bajo llave para que no se escape.
-¿Qué demonios se trae usted entre manos?
Raskolnikof se acercó a la puerta y trató de abrirla, pero no le fue posible.
-Está cerrada con llave y la llave la tengo yo -dijo Porfirio.
Y, en efecto, le mostró una llave que acababa de sacar del bolsillo.
-No haces más que mentir -gruñó Raskolnikof sin poder dominarse-. ¡Mientes, mientes, maldito polichinela!
Y se arrojó sobre el juez de instrucción, que retrocedió hasta la puerta, aunque sin demostrar temor alguno.
-¡Comprendo tu táctica! ¡Lo comprendo todo! -siguió vociferando Raskolnikof-. Mientes y me insultas para irritarme y que diga lo que no debo.
-¡Pero si usted no tiene nada que ocultar, mi querido Rodion Romanovitch! ¿Por qué se excita de ese modo? No grite más o llamo.
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