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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.320

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Página 320 de 508


Lo que nuestro hombre siente es un vértigo parecido al que impulsa a ciertas personas a arrojarse por una ventana o desde lo alto de un campanario; una especie de atracción irresistible; una enfermedad, Rodion Romanovitch, una enfermedad y nada más que una enfermedad. Usted descuida la suya demasiado. Debe consultar a un buen médico y no a ese tipo rollizo que lo visita... Usted delira a veces, y ese mal no tiene más origen que el delirio...
Momentáneamente, Raskolnikof creyó ver que todo daba vueltas.
-¿Es posible que esté fingiendo? ¡No, no es posible!», se dijo, rechazando con todas sus fuerzas un pensamiento que -se daba perfecta cuenta de ello- amenazaba hacerle enloquecer de furor.
-En aquellos momentos, yo no estaba bajo los efectos del delirio, procedía con plena conciencia de mis actos -exclamó, pendiente de las reacciones de Porfirio Petrovitch, en su deseo de descubrir sus intenciones-. Conservaba toda mi razón, toda mi razón, ¿oye usted?
-Sí, lo oigo y lo comprendo. Ya lo dijo usted ayer, e insistió sobre este punto. Yo comprendo anticipadamente todo lo que usted puede decir. Óigame, Rodion Romanovitch, mi querido amigo: permítame hacerle una nueva observación. Si usted fuese el culpable o estuviese mezclado en este maldito asunto, ¿habría dicho que conservaba plenamente la razón? Yo creo que, por el contrario, usted habría afirmado, y se habría aferrado a su afirmación, que usted no se daba cuenta de lo que hacía. ¿No tengo razón? Dígame, ¿no la tengo?
El tono de la pregunta dejaba entrever una celada. Raskolnikof se recostó en el respaldo del sofá para apartarse de Porfirio, cuyo rostro se había acercado al suyo, y le observó en silencio, con una mirada fija y llena de asombro.
-Algo parecido puede decirse de la visita de Rasumikhine. Si usted fuese el culpable, habría dicho que él había venido a mi casa por impulso propio y habría ocultado que usted le había incitado a hacerlo. Sin embargo, usted ha dicho que Rasumikhine vino a verme porque usted lo envió.
Raskolnikof se estremeció. El no había hecho afirmación semejante.
-Sigue usted mintiendo -dijo, esbozando una sonrisa de hastío y con voz lenta y débil-. Usted quiere demostrarme que lee en mi pensamiento, que puede predecir todas mis respuestas -añadió, dándose cuenta de que ya era incapaz de medir sus palabras-. Usted quiere asustarme; usted se está burlando de mí, sencillamente.
Mientras decía esto no apartaba la vista del juez de instrucción.


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