Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.318
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Dijo esto en un susurro, como asustado y acercando su rostro al de Raskolnikof.
-No lo permitiré, no lo permitiré -repetía Rodia maquinalmente.
Sin embargo, había bajado también la voz. Porfirio se volvió rápidamente y corrió a abrir la ventana.
-Hay que airear la habitación. Y debe usted beber un poco de agua, amigo mío, pues está verdaderamente trastornado.
Ya se dirigía a la puerta para pedir el agua, cuando vio que había una garrafa en un rincón.
-Tenga, beba un poco -dijo, corriendo hacia él con la garrafa en la mano- Tal vez esto le...
El temor y la solicitud de Porfirio Petrovitch parecían tan sinceros, que Raskolnikof se quedó mirándole con viva curiosidad. Sin embargo, no quiso beber.
-Rodion Romanovitch, mi querido amigo, se va usted a volver loco. ¡Beba, por favor! ¡Beba aunque sólo sea un sorbo!
Le puso a la fuerza el vaso en la mano. Raskolnikof se lo llevó a la boca y después, cuando se recobró, lo depositó en la mesa con un gesto de hastío.
-Ha tenido usted un amago de ataque -dijo Porfirio Petrovitch afectuosamente y, al parecer, muy turbado-. Se mortifica usted de tal modo, que volverá a ponerse enfermo. No comprendo que una persona se cuide tan poco. A usted le pasa lo que a Dmitri Prokofitch. Precisamente ayer vino a verme. Yo reconozco que está en lo cierto cuando me dice que tengo un carácter cáustico, es decir, malo. Pero ¡qué deducciones ha hecho, Señor! Vino cuando usted se marchó, y durante la comida habló tanto, que yo no pude hacer otra cosa que abrir los brazos para expresar mi asombro. - ¡Qué ocurrencia! -pensaba-. ¡Señor! ¡Dios mío! Le envió usted, ¿verdad...? Pero siéntese, amigo mío; siéntese, por el amor de Dios.
-Yo no lo envié -repuso Raskolnikof-, pero sabía que tenía que venir a su casa y por qué motivo.
-¿Conque lo sabía?
-Sí. ¿Qué piensa usted de ello?
-Ya se lo diré, pero antes quiero que sepa, mi querido Rodion Romanovitch, que estoy enterado de que usted puede jactarse de otras muchas hazañas. Mejor dicho, estoy al corriente de todo. Sé que fue usted a alquilar una habitación al anochecer, y que tiró del cordón de la campanilla, y que empezó a hacer preguntas sobre las manchas de sangre, lo que dejó estupefactos a los empapeladores y al portero. Comprendo su estado de ánimo, es decir, el estado de ánimo en que se hallaba aquel día pero no por eso deja de ser cierto que va usted a volverse loco, sin duda alguna, si sigue usted así.
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