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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.310

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En cuanto a esta maldita risa, perdóneme, mi querido Rodion Romanovitch... Se llama usted así, ¿verdad? Soy un hombre nervioso y me chá hecho mucha gracia la agudeza de su observación. A veces estoy media hora sacudido por la risa como una pelota de goma. Soy propenso a la risa por naturaleza. Mi temperamento me hace temer incluso la apoplejía... Pero siéntese, amigo mío, se lo ruego. De lo contrario, creeré que está usted enfadado.
Raskolnikof no desplegaba los labios. Se limitaba a escuchar y observar con las cejas fruncidas. Se sentó, pero sin dejarla gorra.
-Quiero decirle una cosa, mi querido Rodion Romanovitch; una cosa que le ayudará a comprender mi carácter -continuó Porfirio Petrovitch, sin cesar de dar vueltas por la habitación, pero procurando no cruzar su mirada con la de Raskolnikof-. Yo soy, ya lo ve usted, un solterón, un hombre nada mundano, desconocido y, por añadidura, acabado, embotado, y... y... ¿ha observado usted, Rodion Romanovitch, que aquí en Rusia, y sobre todo en los círculos petersburgueses, cuando se encuentran dos hombres inteligentes que no se conocen bien todavía, pero que se aprecian mutuamente, están lo menos media hora sin saber qué decirse? Permanecen petrificados y confusos el uno frente al otro. Ciertas personas tienen siempre algo de que hablar. Las damas, la gente de mundo, la de alta sociedad, tienen siempre un tema de conversación, c´est de rigueur; pero las personas de la clase media, como nosotros, son tímidas y taciturnas... Me refiero a los que son capaces de pensar... ¿Cómo se explica usted esto, amigo mío? ¿Es que no tenemos el debido interés por las cuestiones sociales? No, no es esto. Entonces, ¿es por un exceso de honestidad, porque somos demasiado leales y no queremos engañarnos unos a otros...? No lo sé. ¿Usted qué opina...? Pero deje la gorra. Parece que esté usted a punto de marcharse, y esto me contraría, se lo aseguro, pues, en contra de lo que usted cree, estoy encantado...
Raskolnikof dejó la gorra, pero sin romper su mutismo. Con el entrecejo fruncido, escuchaba atentamente la palabrería deshilvanada de Porfirio Petrovitch.
- Dice todas estas cosas afectadas y ridículas para distraer mi atención.»
-No le ofrezco café -prosiguió el infatigable Porfirio- porque el lugar no me parece adecuado... El servicio le llena a uno de obligaciones... Pero podemos pasar cinco minutos en amistosa compañía y distraernos un poco... No se moleste, mi querido amigo, por mi continuo ir y venir.


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