Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.309
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Dejó de reír, frunció el entrecejo y dirigió al juez de instrucción una mirada de odio que ya no apartó de él mientras duró aquella larga y, al parecer, un tanto ficticia alegría. Por lo demás, Porfirio no se mostraba más prudente que él, ya que se había echado a reír en sus mismas narices y parecía importarle muy poco que a éste le hubiera sentado tan mal la cosa. Esta última circunstancia pareció extremadamente significativa al joven, el cual dedujo que todo había sucedido a medida de los deseos de Porfirio Petrovitch y que él, Raskolnikof, se había dejado coger en un lazo. Allí, evidentemente, había alguna celada, algún propósito que él no había logrado descubrir. La mina estaba cargada y estallaría de un momento a otro.
Echando por la calle de en medio, se levantó y cogió su gorra.
-Porfirio Petrovitch -dijo en un tono resuelto que dejaba traslucir una viva irritación-. Usted manifestó ayer el deseo de someterme a interrogatorio -subrayó con energía esta palabra-, y he venido a ponerme a su disposición. Si tiene usted que hacerme alguna pregunta, hágamela. En caso contrario, permítame que me retire. No puedo perder el tiempo; tengo cierto compromiso; me esperan para asistir al entierro de ese funcionario que murió atropellado por un coche y del cual ya ha oído usted hablar.
Inmediatamente se arrepintió de haber dicho esto último. Después continuó, con una irritación creciente:
-Ya estoy harto de todo esto, ¿sabe usted? Hace mucho tiempo que estoy harto... Ha sido una de las causas de mi enfermedad... En una palabra -añadió, levantando la voz al considerar que esta frase sobre su enfermedad no venía a cuento-, en una palabra: haga usted el favor de interrogarme o permítame que me vaya inmediatamente... Pero si me interroga, habrá de hacerlo con arreglo a las normas legales y de ningún otro modo... Y como veo que no decide usted nada, adiós. Por el momento, usted y yo no tenemos nada que decirnos.
-Pero ¿qué dice usted, hombre de Dios? ¿Sobre qué le tengo que interrogar?-exclamó al punto Porfirio Petrovitch, cambiando de tono y dejando de reír-. No se preocupe usted -añadió, reanudando sus paseos, para luego, de pronto, arrojarse sobre Raskolnikof y hacerlo sentar-. No hay prisa, no hay prisa. Además, esto no tiene ninguna importancia. Por el contrario, estoy encantado de que haya venido usted a verme. Le he recibido como a un amigo.
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