Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.307
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Todo este mobiliario era de madera amarilla y te pagaba el Estado. En la pared del fondo había una puerta cerrada. Por lo tanto, debía de haber otras dependencias tras aquella pared. Cuando entró Raskolnikof, Porfirio cerró tras él la puerta inmediatamente y los dos quedaron solos. El juez recibió a su visitante con gesto alegre y amable; pero, poco después, Raskolnikof advirtió que daba muestras de cierta violencia. Era como si le hubieran sorprendido ocupado en alguna operación secreta.
Porfirio le tendió las dos manos.
-¡Ah! He aquí a nuestro respetable amigo en nuestros parajes. Siéntese, querido... Pero ahora caigo en que tal vez le disguste que le haya llamado -respetable» y -querido» así, tout court [L43]. Le ruego que no tome esto como una familiaridad. Siéntese en el sofá, haga el favor.
Raskolnikof se sentó sin apartar de él la vista. Las expresiones -nuestros parajes», -como una familiaridad», tout court, amén de otros detalles, le parecían muy propios de aquel hombre.
-Sin embargo, me ha tendido las dos manos sin permitirme estrecharle ninguna: las ha retirado a tiempo», pensó Raskolnikof, empezando a desconfiar.
Se vigilaban mutuamente, pero, apenas se cruzaban sus miradas, las desviaban con la rapidez del relámpago.
-Le he traído este papel sobre el asunto del reloj. ¿Está bien así o habré de escribirlo de otro modo?
-¿Cómo? ¿El papel del reloj? ¡Ah, sí! ¡No se preocupe! Está muy bien -dijo Porfirio Petrovitch precipitadamente, antes de haber leído el escrito. Inmediatamente, lo leyó-. Sí, está perfectamente. No hace falta más.
Seguía expresándose con precipitación. Un momento después, mientras hablaban de otras cosas, lo guardó en un cajón de la mesa.
-Me parece -dijo Raskolnikof- que ayer mostró usted deseos de interrogarme... oficialmente... sobre mis relaciones con la mujer asesinada...
-¿Por qué habré dicho "me parece"?»
Esta idea atravesó su mente como un relámpago.
-Pero ¿por qué me ha de inquietar tanto ese "me parece"?», se dijo acto seguido.
Y de súbito advirtió que su desconfianza, originada tan sólo por la presencia de Porfirio, a las dos palabras y a las dos miradas cambiadas con él, había cobrado en dos minutos dimensiones desmesuradas. Esta disposición de ánimo era sumamente peligrosa. Raskolnikof se daba perfecta cuenta de ello. La tensión de sus nervios aumentaba, su agitación crecía...
- ¡Malo, malo! A ver si hago alguna tontería.»
-¡Ah, sí! No se preocupe... Hay tiempo -dijo Porfirio Petrovitch, yendo y viniendo por el despacho, al parecer sin objeto, pues ahora se dirigía a la mesa, e inmediatamente después se acercaba a la ventana, para volver en seguida al lado de la mesa.
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