Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.300
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-Me lo han regalado -respondió Sonia de mala gana y sin mirarle.
-¿Quién?
-Lisbeth.
- ¡Lisbeth! ¡Qué raro! », pensó Raskolnikof.
Todo lo relacionado con Sonia le parecía cada vez más extraño. Acercó el libro a la bujía y empezó a hojearlo.
-¿Dónde está el capítulo sobre Lázaro? -preguntó de pronto.
Soma no contestó. Tenía la mirada fija en el suelo y se había separado un poco de la mesa.
-Dime dónde están las páginas que hablan de la resurrección de Lázaro.
Sonia le miró de reojo.
-Están en el cuarto Evangelio -repuso Sonia gravemente y sin moverse del sitio.
-Toma; busca ese pasaje y léemelo.
Dicho esto, Raskolnikof se sentó a la mesa, apoyó en ella los codos y el mentón en una mano y se dispuso a escuchar, vaga la mirada y sombrío el semblante.
- Dentro de quince días o de tres semanas -murmuró para sí- habrá que ir a verme a la séptima versta[L42]. Allí estaré, sin duda, si no me ocurre nada peor.»
Sonia dio un paso hacia la mesa. Vacilaba. Había recibido con desconfianza la extraña petición de Raskolnikof. Sin embargo, cogió el libro.
-¿Es que usted no lo ha leído nunca? -preguntó, mirándole de reojo. Su voz era cada vez más fría y dura.
-Lo leí hace ya mucho tiempo, cuando era niño... Lee.
-¿Y no lo ha leído en la iglesia?
-Yo... yo no voy a la iglesia. ¿Y tú?
-Pues... no -balbuceó Sonia.
Raskolnikof sonrió.
-Se comprende. No asistirás mañana a los funerales de tu padre, ¿verdad?
-Sí que asistiré. Ya fui la semana pasada a la iglesia para una misa de réquiem.
-¿Por quién?
-Por Lisbeth. La mataron a hachazos.
La tensión nerviosa de Raskolnikof iba en aumento. La cabeza empezaba a darle vueltas.
-Por lo visto, tenías amistad con Lisbeth.
-Sí. Era una mujer justa y buena... A veces venía a verme... Muy de tarde en tarde. No podía venir más... Leíamos y hablábamos... Ahora está con Dios.
¡Qué extraño parecía a Raskolnikof aquel hecho, y qué extrañas aquellas palabras novelescas! ¿De qué podrían hablar aquellas dos mujeres, aquel par de necias?
-Aquí corre uno el peligro de volverse loco: es una enfermedad contagiosa», se dijo.
-¡Lee! -ordenó de pronto, irritado y con voz apremiante.
Sonia seguía vacilando. Su corazón latía con fuerza. La desdichada no se atrevía a leer en presencia de Raskolnikof. El joven dirigió una mirada casi dolorosa a la pobre demente.
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