Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.299
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..? No, no; esto es imposible -exclamó mentalmente, repitiendo el grito lanzado por Sonia hacía un momento-: lo que hasta ahora le ha impedido arrojarse al canal ha sido el temor de cometer un pecado, y también esa familia... Parece que no se ha vuelto loca, pero ¿quién puede asegurar que esto no es simple apariencia? ¿Puede estar en su juicio? ¿Puede una persona hablar como habla ella sin estar loca? ¿Puede una mujer conservar la calma sabiendo que va a su perdición, y asomarse a ese abismo pestilente sin hacer caso cuando se habla del peligro? ¿No esperará un milagro...? Sí, seguramente. Y todo esto, ¿no son pruebas de enajenación mental?»
Se aferró obstinadamente a esta última idea. Esta solución le complacía más que ninguna otra. Empezó a examinar a Sonia atentamente.
-¿Rezas mucho, Sonia? -le preguntó.
La muchacha guardó silencio. Él, de pie a su lado, esperaba una respuesta.
-¿Qué habría sido de mí sin la ayuda de Dios?
Había dicho esto en un rápido susurro. Al mismo tiempo, lo miró con ojos fulgurantes y le apretó la mano.
-No me he equivocado», se dijo Raskolnikof.
-Pero ¿qué hace Dios por ti? -siguió preguntando el joven.
Sonia permaneció en silencio un buen rato. Parecía incapaz de responder. La emoción henchía su frágil pecho.
-¡Calle! No me pregunte. Usted no tiene derecho a hablar de estas cosas -exclamó de pronto, mirándole, severa e indignada.
-Es lo que he pensado, es lo que he pensado», se decía Raskolnikof.
-Dios todo lo puede -dijo Sonia, bajando de nuevo los
-Esto lo explica todo», pensó Raskolnikof. Y siguió observándola con ávida curiosidad.
Experimentaba una sensación extraña, casi enfermiza, mientras contemplaba aquella carita pálida, enjuta, de facciones irregulares y angulosas; aquellos ojos azules capaces de emitir verdaderas llamaradas y de expresar una pasión tan austera y vehemente; aquel cuerpecillo que temblaba de indignación. Todo esto le parecía cada vez más extraño, más ajeno a la realidad.
-Está loca, está loca», se repetía.
Sobre la cómoda había un libro. Raskolnikof le había dirigido una mirada cada vez que pasaba junto a él en sus idas y venidas por la habitación. Al fin cogió el volumen y lo examinó. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento, un viejo libro con tapas de tafilete.
-¿De dónde has sacado este libro? -le preguntó desde el otro extremo de la habitación, cuando ella permanecía inmóvil cerca de la mesa.
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