Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.297
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-¡Dios no permitirá una abominación semejante!
-Permite otras muchas.
-¡No, no! ¡Dios la protegerá! ¡A ella la protegerá! -gritó Sonia fuera de sí.
-Tal vez no exista -replicó Raskolnikof con una especie de crueldad triunfante.
Seguidamente se echó a reír y la miró.
Al oír aquellas palabras se operó en el semblante de Sonia un cambio repentino, y sacudidas nerviosas recorrieron su cuerpo. Dirigió a Raskolnikof miradas cargadas de un reproche indefinible. Intentó hablar, pero de sus labios no salió ni una sílaba. De súbito se echó a llorar amargamente y ocultó el rostro entre las manos.
-Usted dice que Catalina Ivanovna está trastornada, pero usted no lo está menos -dijo Raskolnikof tras un breve silencio.
Transcurrieron cinco minutos. El joven seguía yendo y viniendo por la habitación sin mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella. Los ojos le centelleaban. Apoyó las manos en los débiles hombros y miró el rostro cubierto de lágrimas. Lo miró con ojos secos, duros, ardientes, mientras sus labios se agitaban con un temblor convulsivo... De pronto se inclinó, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los pies. Sonia retrocedió horrorizada, como si tuviera ante sí a un loco. Y en verdad un loco parecía Raskolnikof.
-¿Qué hace usted? -balbuceó.
Se había puesto pálida y sentía en el corazón una presión dolorosa.
Él se puso en pie.
-No me he arrodillado ante ti, sino ante todo el dolor humano -dijo en un tono extraño.
Y fue a acodarse en la ventana. Pronto volvió a su lado y añadió:
-Oye, hace poco he dicho a un insolente que valía menos que tu dedo meñique y que te había invitado a sentarte al lado de mi madre y de mi hermana.
-¿Eso ha dicho? -exclamó Sonia, aterrada-. ¿Y delante de ellas? ¡Sentarme a su lado! Pero si yo soy... una mujer sin honra. ¿Cómo se le ha ocurrido decir eso?
-Al hablar así, yo no pensaba en tu deshonra ni en tus faltas, sino en tu horrible martirio. Sin duda -continuó ardientemente-, eres una gran pecadora, sobre todo por haberte inmolado inútilmente. Ciertamente, eres muy desgraciada. ¡Vivir en el cieno y saber (porque tú lo sabes: basta mirarte para comprenderlo) que no te sirve para nada, que no puedes salvar a nadie con tu sacrificio...! Y ahora dime -añadió, iracundo-: ¿Cómo es posible que tanta ignominia, tanta bajeza, se compaginen en ti con otros sentimientos tan opuestos, tan sagrados? Sería preferible arrojarse al agua de cabeza y terminar de una vez.
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