Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.294
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.. Es una mujer justa, muy justa.
-¿Y qué va a hacer usted ahora?
Sonia le dirigió una mirada interrogante.
-Ahora ha de cargar usted con ellos. Verdad es que siempre ha sido así. Incluso su difunto padre le pedía a usted dinero para beber... Pero ¿qué van a hacer ahora?
-No lo sé -respondió Sonia tristemente.
-¿Seguirán viviendo en la misma casa?
-No lo sé. Deben a la patrona y creo que ésta ha dicho hoy que va a echarlos a la calle. Y Catalina Ivanovna dice que no permanecerá allí ni un día más.
-¿Cómo puede hablar así? ¿Cuenta acaso con usted?
-¡Oh, no! Ella no piensa en eso... Nosotros estamos muy unidos; lo que es de uno, es de todos.
Sonia dio esta respuesta vivamente, con una indignación que hacía pensar en la cólera de un canario o de cualquier otro pájaro diminuto e inofensivo.
-Además, ¿qué quiere usted que haga? -continuó Sonia con vehemencia creciente-. ¡Si usted supiera lo que ha llorado hoy! Está trastornada, ¿no lo ha notado usted? Sí, puede usted creerme: tan pronto se inquieta como una niña, pensando en cómo se las arreglará para que mañana no falte nada en la comida de funerales, como empieza a retorcerse las manos, a llorar, a escupir sangre, a dar cabezadas contra la pared. Después se calma de nuevo. Confía mucho en usted. Dice que, gracias a su apoyo, se procurará un poco de dinero y volverá a su tierra natal conmigo. Se propone fundar un pensionado para muchachas nobles y confiarme a mí la inspección. Está persuadida de que nos espera una vida nueva y maravillosa, y me besa, me abraza, me consuela. Ella cree firmemente en lo que dice, cree en todas sus fantasías. ¿Quién se atreve a contradecirla? Hoy se ha pasado el día lavando, fregando, remendando la ropa, y, como está tan débil, al fin ha caído rendida en la cama. Esta mañana hemos salido a comprar calzado para Lena y Poletchka, pues el que llevan está destrozado, pero no teníamos bastante dinero: necesitábamos mucho más. ¡Eran tan bonitos los zapatos que quería...! Porque tiene mucho gusto, ¿sabe...? Y se ha echado a llorar en plena tienda, delante de los dependientes, al ver que faltaba dinero... ¡Qué pena da ver estas cosas!
-Ahora comprendo que lleve usted esta vida -dijo Raskolnikof, sonriendo amargamente.
-¿Es que usted no se compadece de ella? -exclamó Sonia-.
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