Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.292
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En invierno, la humedad y el humo debían de imperar en aquella habitación, donde todo daba una impresión de pobreza. Ni siquiera había cortinas en la cama.
Sonia miraba en silencio al visitante, ocupado en examinar tan atentamente y con tanto desenfado su aposento. Y de pronto empezó a temblar de pies a cabeza como si se hallara ante el juez y árbitro de su destino.
-He venido un poco tarde. ¿Son ya las once? -preguntó Raskolnikof sin levantar la vista hacia Sonia.
-Sí, sí, son las once ya -balbuceó la muchacha ansiosamente, como si estas palabras le solucionaran un inquietante problema-: El reloj de mi patrona acaba de sonar y yo he oído perfectamente las...
-Vengo a su casa por última vez -dijo Raskolnikof con semblante sombrío. Sin duda se olvidaba de que era también su primera visita-. Acaso no vuelva a verla más -añadió.
-¿Se va de viaje?
-No sé, no sé... Mañana, quizá...
-Así, ¿no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna? -preguntó Sonia con un ligero temblor en la voz.
-No lo sé... Quizá mañana por la mañana... Pero no hablemos de este asunto. He venido a decirle...
Alzó hacia ella su mirada pensativa y entonces advirtió que él estaba sentado y Sonia de pie.
-¿Por qué está de pie? Siéntese -le dijo, dando de pronto a su voz un tono bajo y dulce.
Ella se sentó. Él la miró con un gesto bondadoso, casi compasivo.
-¡Qué delgada está usted! Sus manos casi se transparentan. Parecen las manos de un muerto.
Se apoderó de una de aquellas manos, y ella sonrió.
-Siempre he sido así -dijo Sonia.
-¿Incluso cuando vivía en casa de sus padres?
-Sí.
-¡Claro, claro! -dijo Raskolnikof con voz entrecortada. Tanto en su acento como en la expresión de su rostro se había operado súbitamente un nuevo cambio.
Volvió a pasear su mirada por la habitación.
-Tiene usted alquilada esta pieza a Kapernaumof, ¿verdad?
-Sí.
-Y ellos viven detrás de esa puerta, ¿no?
-Sí; tienen una habitación parecida a ésta.
-¿Sólo una para toda la familia?
-Sí.
-A mí, esta habitación me daría miedo -dijo Rodia con expresión sombría.
-Los Kapernaumof son buenas personas, gente amable -dijo Sonia, dando muestras de no haber recobrado aún su presencia de ánimo-. Y estos muebles, y todo lo que hay aquí, es de ellos. Son muy buenos. Los niños vienen a verme con frecuencia.
-Son tartamudos, ¿verdad?
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