Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.289
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En cuanto a la capacidad de Rasumikhine, podéis estar tranquilas, pues conoce bien el negocio... Además, tenéis tiempo de sobra para estudiar el asunto.
-¡Hurra! -gritó Rasumikhine-. Y ahora escuchen. En este mismo edificio hay un local independiente que pertenece al mismo propietario. Está amueblado, tiene tres habitaciones pequeñas y no es caro. Yo me encargaré de empeñarles el reloj mañana para que tengan dinero. Todo se arreglará. Lo importante es que puedan ustedes vivir los tres juntos. Así tendrán a Rodia cerca de ustedes... Pero oye, ¿adónde vas?
-¿Por qué te marchas, Rodia? -preguntó Pulqueria Alejandrovna con evidente inquietud.
¡Y en este momento! -le reprochó Rasumikhine.
Dunia miraba a su hermano con una sorpresa llena de desconfianza. Él, con la gorra en la mano, se disponía a marcharse.
-¡Cualquiera diría que nos vamos a separar para siempre! -exclamó en un tono extraño-. No me enterréis tan pronto.
Y sonrió, pero ¡qué sonrisa aquélla!
-Sin embargo -dijo distraídamente-, ¡quién sabe si será la última vez que nos vemos!
Había dicho esto contra su voluntad, como reflexionando en voz alta.
-Pero ¿qué te pasa, Rodia? -preguntó ansiosamente su madre.
-¿Dónde vas? -preguntó Dunia con voz extraña.
-Me tengo que marchar -repuso.
Su voz era vacilante, pero su pálido rostro expresaba una resolución irrevocable.
-Yo quería deciros... --continuó-. He venido aquí para decirte, mamá, y a ti también, Dunia, que... debemos separarnos por algún tiempo... No me siento bien... Los nervios... Ya volveré... Más adelante..., cuando pueda. Pienso en vosotros y os quiero. Pero dejadme, dejadme solo. Esto ya lo tenía decidido, y es una decisión irrevocable. Aunque hubiera de morir, quiero estar solo. Olvidaos de mí: esto es lo mejor... No me busquéis. Ya vendré yo cuando sea necesario..., y, si no vengo, enviaré a llamaros. Tal vez vuelva todo a su cauce; pero ahora, si verdaderamente me queréis, renunciad a mí. Si no lo hacéis, llegaré a odiaros: esto es algo que siento en mí. Adiós.
-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejandrovna.
La madre, la hermana y Rasumikhine se sintieron dominados por un profundo terror.
-¡Rodia, Rodia, vuelve a nosotras! -exclamó la pobre mujer.
Él se volvió lentamente y dio un paso hacia la puerta. Dunia fue hacia él.
-¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre, Rodia? -murmuró, indignada.
-Ya volveré, ya volveré a veros -dijo a media voz, casi inconsciente.
Y se fue.
-¡Mal hombre, corazón de piedra! -le gritó Dunia.
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