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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.282

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¿Pretende usted obligarnos a considerar sus menores deseos como órdenes? Por el contrario, yo creo que debe usted tratarnos con los mayores miramientos, ya que hemos depositado toda nuestra confianza en usted, que lo hemos dejado todo por venir a Petersburgo y que, en consecuencia, estamos a su merced.
-Eso no es totalmente exacto, Pulqueria Alejandrovna, y menos ahora que ya sabe usted que Marfa Petrovna ha legado a su hija tres mil rublos, suma que llega con gran oportunidad, a juzgar por el tono en que me está usted hablando -añadió Lujine secamente.
-Esa observación -dijo Dunia, indignada- puede ser una prueba de que usted ha especulado con nuestra pobreza.
-Sea como fuere, ahora todo ha cambiado. Y me voy; no quiero seguir siendo un obstáculo para que su hermano les transmita las proposiciones secretas de Arcadio Ivanovitch Svidrigailof. Sin duda, esto es importantísimo para ustedes, e incluso sumamente agradable.
-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejandrovna.
Rasumikhine hacía inauditos esfuerzos para permanecer en su silla.
-¿No te da vergüenza soportar tanto insulto, Dunia? -preguntó Raskolnikof.
-Sí, Rodia; estoy avergonzada -y, pálida de ira, gritó a Lujine-: ¡Salga de aquí, Piotr Petrovitch!
Lujine no esperaba ni remotamente semejante reacción. Tenía demasiada confianza en sí mismo y contaba con la debilidad de sus víctimas. No podía dar crédito a sus oídos. Palideció y sus labios empezaron a temblar.
-Le advierto, Avdotia Romanovna, que si me marcho en estas condiciones puede tener la seguridad de que no volveré. Reflexione. Yo mantengo siempre mi palabra.
-¡Qué insolencia! -gritó Dunia, irritada-. ¡Pero si yo no quiero volverle a ver!
-¿Cómo se atreve a hablar así? -exclamó Lujine, desconcertado, pues en ningún momento había creído en la posibilidad de una ruptura-. Tenga usted en cuenta que yo podría protestar.
-¡Usted no tiene ningún derecho a hablar así! -replicó vivamente Pulqueria Alejandrovna-. ¿Contra qué va a protestar? ¿Y con qué atribuciones? ¿Cree usted que puedo poner a mi hija en manos de un hombre como usted? ¡Váyase y déjenos en paz! Hemos cometido la equivocación de aceptar una proposición que no ha resultado nada decorosa. De ningún modo debí...
-No obstante, Pulqueria Alejandrovna -exclamó Lujine, exasperado-, usted me ató con una promesa que ahora retira. Y, además..., además, nuestro compromiso me ha obligado a..., en fin, a hacer ciertos gastos.
Esta última queja era tan propia del carácter de Lujine, que Raskolnikof, pese a la cólera que le dominaba, no pudo contenerse y se echó a reír.


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