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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.278

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¡Reza por ella, Dunia, reza por ella!
-Eso es cierto -no pudo menos de reconocer Lujine.
-Bueno, ¿y qué más? -preguntó vivamente Dunetchka.
-Después me ha dicho que no es rico, pues la hacienda pasa a poder de los hijos, que se han ido a vivir con su tía. También me ha hecho saber que se hospeda cerca de mi casa. Pero no sé dónde, porque no se lo he preguntado.
-Pero ¿qué proposición quiere hacer a Dunetchka? -preguntó, inquieta, Pulqueria Alejandrovna-. ¿Te lo ha explicado?
-Ya os he dicho que sí.
-Bien, ¿qué quiere proponerle?
-Ya hablaremos de eso después.
Y Raskolnikof empezó a beberse en silencio su taza de té.
Piotr Petrovitch sacó el reloj y miró la hora.
-Un asunto urgente me obliga a dejarles -dijo, y añadió, visiblemente resentido y levantándose-: Así podrán ustedes conversar más libremente.
-No se vaya, Piotr Petrovitch -dijo Dunia-. Usted tenía la intención de dedicarnos la velada. Además, usted ha dicho en su carta que desea tener una explicación con mi madre.
-Eso es muy cierto, Avdotia Romanovna -dijo Lujine con acento solemne.
Se volvió a sentar, pero conservando el sombrero en sus manos, y continuó:
-En efecto, desearía aclarar con su madre y con usted ciertos puntos de gran importancia. Pero, del mismo modo que su hermano no quiere exponer ante mí las proposiciones del señor Svidrigailof, yo no puedo ni quiero hablar ante terceros de esos puntos de extrema gravedad. Por otra parte, ustedes no han tenido en cuenta el deseo que tan formalmente les he expuesto en mi carta.
Al llegar a este punto se detuvo con un gesto de dignidad y amargura.
-He sido exclusivamente yo la que ha decidido que no se tuviera en cuenta su deseo de que mi hermano no asistiera a esta reunión -dijo Dunia-. Usted nos dice en su carta que él le ha insultado, y yo creo que hay que poner en claro esta acusación lo antes posible, con objeto de reconciliarlos. Si Rodia le ha ofendido realmente, debe excusarse y lo hará.
Al oír estas palabras, Piotr Petrovitch se creció.
-Las ofensas que he recibido, Avdotia Romanovna, son de las que no se pueden olvidar, por mucho empeño que uno ponga en ello. En todas las cosas hay un límite que no se debe franquear, pues, una vez al otro lado, la vuelta atrás es imposible.
-Usted no ha comprendido mi intención, Piotr Petrovitch -replicó Dunia, con cierta impaciencia-.


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