Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.267
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»-Buenos días, Arcadio Ivanovitch. ¿Qué te parece mi vestido? Aniska no habría sido capaz de hacer una cosa igual.
»Aniska es una costurera de nuestra casa, que primero había sido sierva y que había hecho sus estudios en Moscú... Una bonita muchacha.
»Marfa Petrovna no cesa de dar vueltas ante mí. Yo contemplo el vestido, después la miro á ella a la cara, atentamente.
»-¿Qué necesidad tienes de venir a consultarme estas bagatelas, Marfa Petrovna?
»-¿Es que te molesta hasta que venga a verte?
»-Oye, Marfa Petrovna -le digo para mortificarla-, voy , a volver a casarme.
»-Eso es muy propio de ti -me responde-. Pero no te hace ningún favor casarte cuando todavía está tan reciente la muerte de tu mujer. Aunque tu elección fuera acertada, sólo conseguirías atraerte las críticas de las personas respetables.
»Dicho esto, se ha marchado, y a mí me ha parecido oír el frufrú de su cola. ¡Qué cosas tan absurdas!, ¿verdad?
-¿No me estará usted contando una serie de mentiras? -preguntó Raskolnikof.
-Miento muy pocas veces -repuso Svidrigailof, pensativo y sin que, al parecer, advirtiera lo grosero de la pregunta.
-Y antes de esto, ¿no había tenido usted apariciones?
-No... Mejor dicho, sólo una vez, hace seis años. Yo tenía un criado llamado Filka. Acababan de enterrarlo, cuando empecé a gritar, distraído: -¡Filka, mi pipa!» Filka entró y se fue derecho al estante donde estaban alineados mis utensilios de fumador. Como habíamos tenido un fuerte altercado poco antes de su muerte, supuse que su aparición era una venganza. Le grité: -¿Cómo te atreves a presentarte ante mí vestido de ese modo? Se te ven los codos por los boquetes de las mangas. ¡Fuera de aquí, miserable!» El dio media vuelta, se fue y no se me apareció nunca más. No dije nada de esto a Marfa Petrovna. Mi primera intención fue dedicarle una misa, pero después pensé que esto sería una puerilidad.
-Usted debe ir al médico.
-No necesito que usted me lo diga para saber que estoy enfermo, aunque ignoro de qué enfermedad. Sin embargo, yo creo que mi conducta es cinco veces más normal que la de usted. Mi pregunta no ha sido si usted cree que pueden verse apariciones, sino si opina que las apariciones existen.
-No, de ningún modo puedo creer eso -dijo Raskolnikof con cierta irritación.
-La gente -murmuró Svidrigailof como si hablara consigo mismo, inclinando la cabeza y mirando de reojo- suele decir: -Estás enfermo.
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