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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.266

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Estaba solo.
-¿Despierto?
--Completamente despierto las tres veces. Aparece, me habla unos momentos y se va por la puerta, siempre por la puerta. Incluso me parece oírla marcharse.
-¿Por qué tendría yo la sensación de que habían de ocurrirle estas cosas? -dijo de súbito Raskolnikof, asombrándose de sus palabras apenas las habia pronunciado. Estaba extraordinariamente emocionado.
-¿De veras ha pensado usted eso? -exclamó Svidrigailof, sorprendido-. ¿De veras? ¡Ah! Ya dela yo que entre nosotros existía cierta afinidad.
-Usted no ha dicho eso -replicó ásperamente Raskolnikof.
-¿No lo he dicho?
-No.
-Pues creía haberlo dicho. Cuando he entrado hace un momento y le he visto acostado, con los ojos cerrados y fingiendo dormir, me he dicho inmediatamente: -Es él mismo.»
-¿Qué quiere decir eso de -él mismo? -exclamó Raskolnikof-. ¿A qué se refiere usted?
-Pues no lo sé -respondió Svidrigailof ingenuamente, desconcertado.
Los dos guardaron silencio mientras se devoraban con los ojos.
-¡Todo eso son tonterías! -exclamó Raskolnikof, irritado-. ¿Qué le dice Marfa Petrovna cuando se le aparece?
-¿De qué me habla? De nimiedades. Y, para que vea usted lo que es el hombre, eso es precisamente lo que me molesta. La primera vez se me presentó cuando yo estaba rendido por la ceremonia fúnebre, el réquiem, la comida de funerales... Al fin pude aislarme en mi habitación, encendí un cigarro y me entregué a mis reflexiones. De pronto, Marfa Petrovna entró por la puerta y me dijo: -con tanto trajín, te has olvidado de subir la pesa del reloj del comedor.» Y es que durante siete años me encargué yo de este trabajo, y cuando me olvidaba de él, ella me lo recordaba... Al día siguiente partí para Petersburgo. Al amanecer, llegué a la estación que antes le dije y me dirigí a la cantina. Había dormido mal y tenía el cuerpo dolorido y los ojos hinchados. Pedí café. De pronto, ¿sabe usted lo que vi? A Marfa Petrovna, que se sentó a mi lado con un juego de cartas en la mano. -¿Quieres que te prediga, Arcadio Ivanovitch -me preguntó-, cómo transcurrirá tu viaje?» Debo decirle que era una maestra en el arte de echar las cartas... Nunca me perdonaré haberme negado. Eché a correr, presa de pánico. Bien es verdad que la campana que llama a los viajeros al tren estaba ya sonando... Y hoy, cuando me hallaba en mi habitación, luchando por digerir la detestable comida de figón que acababa de echar a mi cuerpo, con un cigarro en la boca, ha entrado Marfa Petrovna, esta vez elegantemente ataviada con un flamante vestido verde de larga cola.


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