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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.248

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Me han dado una serie de informes, y usted, siendo el último... ¡Ah! ¡Ahora que me acuerdo! -exclamó alegremente, dirigiéndose a Rasumikhine-. He estado a punto de olvidarme otra vez... El otro día no paraste de hablarme de Nikolachka. Pues bien, estoy convencido, completamente convencido de que ese joven es inocente -se dirigía de nuevo a Raskolnikof-. Pero ¿qué puedo hacer yo? También he tenido que molestar a Mitri. En fin, he aquí lo que quería preguntarle. Cuando usted subía la escalera..., por cierto que creo que fue entre siete y ocho de la tarde, ¿no?
-Sí, entre siete y ocho -repuso Raskolnikof, que inmediatamente se arrepintió de haber dado esta contestación innecesaria.
-Bien, pues cuando subía usted la escalera entre siete y ocho, ¿no vio usted en el segundo piso, en un departamento cuya puerta estaba abierta..., recuerda usted..., no vio usted, repito, dos pintores, o por lo menos uno, trabajando? ¿Los vio usted? Esto es sumamente importante para ellos...
-¿Dos pintores? Pues no, no los vi -repuso Raskolnikof, fingiendo escudriñar en su memoria, mientras ponía todo su empeño en descubrir la trampa que se ocultaba en aquellas palabras-. No, no los vi. Y tampoco advertí que hubiese ninguna puerta abierta... Lo que recuerdo es que en el cuarto piso -continuó en tono triunfante, pues estaba seguro de haber sorteado el peligro- había un funcionario que estaba de mudanza..., precisamente el de la puerta que está frente a la de Alena Ivanovna... Sí, lo recuerdo perfectamente. Por cierto que unos soldados que transportaban un sofá me arrojaron contra la pared... Pero a los pintores no recuerdo haberlos visto. Y tampoco ningún departamento con la puerta abierta... No, no había ninguna abierta.
-Pero ¿qué significa esto? -dijo Rasumikhine a Porfirio, comprendiendo de súbito las intenciones del juez de instrucción-. Los pintores trabajaban allí el día del suceso y él estuvo en la casa tres días antes. ¿Por qué le haces estas preguntas?
-¡Pues es verdad! ¡Qué cabeza la mía! -exclamó Porfirio golpeándose la frente-. Este asunto acabará volviéndome loco -dijo en son de excusa dirigiéndose a Raskolnikof-. Es tan importante para nosotros saber si alguien vio allí, entre siete y ocho, a esos pintores, que me ha parecido que usted podría facilitarnos este dato. Ha sido una confusión.
-Hay que llevar cuidado -gruñó Rasumikhine.
Estas palabras las pronunció el estudiante cuando ya estaban en la antesala. Porfirio Petrovitch acompañó amablemente a los dos jóvenes hasta la puerta.


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