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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.247

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.. ¿No es así?
-Es muy posible -repuso desdeñosamente Raskolnikof.
Rasumikhine hizo un movimiento.
-En ese caso, ¿sería usted capaz de decidirse, para salir de una situación económica apurada o para hacer un servicio a la humanidad, a dar el paso..., en fin, a matar para robar?
Y guiñó el ojo izquierdo, mientras sonreía en silencio, exactamente igual que antes.
-Si estuviera decidido a dar un paso así, tenga la seguridad de que no se lo diría a usted -repuso Raskolnikof con retadora arrogancia.
-Mi pregunta ha obedecido a una curiosidad puramente literaria. La he hecho con el único fin de comprender mejor el fondo de su artículo.
-¡Qué celada tan buena! -pensó Raskolnikof, asqueado-. La malicia está cosida con hilo blanco.»
-Permítame aclararle -dijo secamente- que yo no me he creído jamás un Mahoma ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género, y que, en consecuencia, no puedo decirle lo que haría en el caso contrario.
-Pues es raro, porque ¿quién no se cree hoy en Rusia un Mahoma o un Napoleón? -exclamó Porfirio, empleando de súbito un tono exageradamente familiar.
Incluso el acento que había empleado para pronunciar estas palabras era singularmente explícito.
De súbito, Zamiotof preguntó desde su rincón:
-¿No sería un futuro Napoleón el que mató a hachazos la semana pasada a Alena Ivanovna?
Raskolnikof seguía mirando a Porfirio Petrovitch con firme fijeza. No dijo nada. Rasumikhine había fruncido las cejas. Desde hacía un momento sospechaba algo que le hizo mirar furiosamente a un lado y a otro. Hubo un minuto de penoso silencio. Raskolnikof se dispuso a marcharse.
-¿Ya se va usted? -exclamó Porfirio Petrovitch con extrema amabilidad y tendiendo la mano al joven-. Estoy encantado de haberle conocido. En cuanto a su petición, puede estar tranquilo. Haga usted el requerimiento por escrito tal como le he indicado. Sin embargo, sería preferible que viniera a verme a la comisaría un día de éstos..., mañana, por ejemplo. A las once estaré allí. Lo arreglaremos todo y hablaremos. Como usted fue uno de los últimos que visitó aquella casa -añadió en tono amistoso-, tal vez pueda aclararnos algo.
-Lo que usted pretende es interrogarme en toda regla, ¿no es así? -preguntó rudamente Raskolnikof.
-Nada de eso. ¿Por qué? Por el momento, no hace falta. No me ha comprendido usted. Lo que ocurre es que yo aprovecho todas las ocasiones y he hablado ya con todos los que tenían allí algún objeto empeñado.


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