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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.240

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Me recreé leyéndolo en La Palabra Periódica hace dos meses.
-¿Un artículo mío en La Palabra Periódica? -exclamó Raskolnikof, sorprendido-. Ciertamente, yo escribí un artículo hace unos seis meses, que fue cuando dejé la universidad. En él hablaba de un libro que acababa de aparecer. Pero lo llevé a La Palabra Hebdomadaria y no a La Palabra Periódica.
-Pues se publicó en La Palabra Periódica.
-La Palabra Hebdomadaria dejó de aparecer a poco de haber entregado yo mi artículo, y por eso no pudo publicarlo...
-Sí, pero, al desaparecer, este semanario quedó fusionado con La Palabra Periódica, y ello explica que su articulo se haya publicado en este último periódico. así, ¿no estaba usted enterado?
En efecto, Raskolnikof no sabía nada de eso.
-Pues ha de cobrar su artículo. ¡Qué carácter tan extraordinario tiene usted! Vive tan aislado, que no se entera de nada, ni siquiera de las cosas que le interesan materialmente. Es increíble.
-Yo tampoco sabía nada -exclamó Rasumikhine-. Hoy mismo iré a la biblioteca a pedir ese periódico... ¿Dices que el articulo se publicó hace dos meses? ¿En qué día...? Bueno, ya lo encontraré... ¡No decir nada! ¡Es el colmo!
-¿Y usted cómo se ha enterado de que el artículo era mío? lo firmé con una inicial.
-Fue por casualidad. Conozco al redactor jefe, le vi hace poco, y como su artículo me habia interesado tanto...
-Recuerdo que estudiaba en él el estado anímico del criminal mientras cometía el crimen.
-Sí, y ponía gran empeño en demostrar que el culpable, en esos momentos, es un enfermo. Es una tesis original, pero en verdad no es esta parte de su articulo la que me interesó especialmente, sino cierta idea que deslizaba al final. Es lamentable que se limitara usted a indicarla vaga y someramente... Si tiene usted buena memoria, se acordará de que insinuaba usted que hay seres que pueden, mejor dicho, que tienen pleno derecho a cometer toda clase de actos criminales, y a los que no puede aplicárseles la ley.
Raskolnikof sonrió ante esta pérfida interpretación de su pensamiento.
-¿Cómo, cómo? ¿El derecho al crimen? ¿Y sin estar bajo la influencia irresistible del miedo? -preguntó Rasumikhine, no sin cierto terror.
-Sin esa influencia -respondió Porfirio Petrovitch-. No se trata de eso. En el artículo que comentamos se divide a los hombres en dos clases: seres ordinarios y seres extraordinarios. Los ordinarios han de vivir en la obediencia y no tienen derecho a faltar a las leyes, por el simple hecho de ser ordinarios.


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