Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.234
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Ya sabes cómo son las mujeres.
-¡Estás muy equivocado! ¡No me has entendido! Yo no he pensado nada de lo que dices, sino todo lo contrario -protestó, desolado, Rasumikhine.
-¿Lo habré hecho bien? ¿No habré exagerado? -pensó Raskolnikof, temblando de inquietud-. ¿Por qué habré dicho eso de "Ya sabes cómo son las mujeres"?»
-¿De modo que su madre ha venido a verle? -preguntó Porfirio Petrovitch.
-Sí.
-¿Y cuándo ha llegado?
-Ayer por la tarde.
Porfirio no dijo nada: parecía reflexionar.
-Sus objetos no pueden haberse perdido -manifestó al fin, tranquilo y fríamente-. Hace tiempo que esperaba su visita.
Dicho esto, se volvió con toda naturalidad hacia Rasumikhine, que estaba echando sobre la alfombra la ceniza de su cigarrillo, y le acercó un cenicero. Raskolnikof se había estremecido, pero el juez instructor, atento al cigarrillo de Rasumikhine, no pareció haberlo notado.
-¿Dices que lo esperabas? -preguntó Rasumikhine a Porfirio Petrovitch-. ¿Acaso sabías que tenía cosas empeñadas?
Porfirio no le respondió, sino que habló a Raskolnikof directamente:
-Sus dos objetos, la sortija y el reloj, estaban en casa de la víctima, envueltos en un papel sobre el cual se leía el nombre de usted, escrito claramente con lápiz y, a continuación, la fecha en que la prestamista había recibido los objetos.
-¡Qué memoria tiene usted! -exclamó Raskolnikof iniciando una sonrisa.
Ponía gran empeño en fijar su mirada serenamente en los ojos del juez, pero no pudo menos de añadir:
-He hecho esta observación porque supongo que los propietarios de objetos empeñados son muy numerosos y lo natural sería que usted no los recordara a todos. Pero veo que me he equivocado: usted no ha olvidado ni siquiera uno..., y... y...
-¡Qué estúpido soy! ¿Qué necesidad tenía de decir esto?» -Es que todos los demás se han presentado ya. Sólo faltaba usted -dijo Porfirio Petrovitch con un tonillo de burla casi imperceptible.
-No me sentía bien.
-Ya me enteré. También supe que algo le había trastornado profundamente. Incluso ahora está usted un poco pálido.
-Pues me encuentro admirablemente -replicó al punto Raskolnikof, en tono tajante y furioso.
Sentía hervir en él una cólera que no podía reprimir.
-Esta indignación me va a hacer cometer alguna tontería. Pero ¿por qué se obstinan en torturarme?»
-Dice que no se sentía bien -exclamó Rasumikhine-, y esto es poco menos que no decir nada. Pues lo cierto es que hasta ayer el delirio apenas le ha dejado.
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