Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.222
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Esto es muy importante para Catalina Ivanovna y no se la debe contrariar... Es un consuelo para ella... Ya sabe usted cómo es...
-Comprendo, comprendo... También mi habitación es muy pobre. Mi madre dice que parece una tumba.
-¡Y ayer nos entregó usted hasta su última moneda! -murmuró Sonetchka bajando de nuevo los ojos.
Otra vez sus labios y su barbilla empezaron a temblar. Apenas había entrado, le había llamado la atención la pobreza del aposento de Raskolnikof. Lo que acababa de decir se le había escapado involuntariamente.
Hubo un silencio. La mirada de Dunetchka se aclaró y Pulqueria Alejandrovna se volvió hacia Sonia con expresión afable.
-Como es natural, Rodia -dijo la madre, poniéndose en pie-, comeremos juntos... Vámonos, Dunetchka. Y tú, Rodia, deberías ir a dar un paseo, después descansar un rato y luego venir a reunirte con nosotras... lo antes posible. Sin duda te hemos fatigado.
-Iré, iré -se apresuró a contestar Raskolnikof, levantándose-. Además, tengo cosas que hacer.
-¿Qué quieres decir con eso? -exclamó Rasumikhine, mirando fijamente a Raskolnikof-. Supongo que no se te habrá pasado por la cabeza comer solo. Dime: ¿qué piensas hacer?
-Te aseguro que iré. Y tú quédate aquí un momento... ¿Podéis dejármelo para un rato, mamá? ¿Verdad que no lo necesitáis?
-¡No, no! Puede quedarse... Pero le ruego, Dmitri Prokofitch, que venga usted también a comer con nosotros.
-Yo también se lo ruego -dijo Dunia.
Rasumikhine asintió haciendo una reverencia. Estaba radiante. Durante un momento, todos parecieron dominados por una violencia extraña.
-Adiós, Rodia. Es decir, hasta luego: no me gusta decir adiós... Adiós, Nastasia. ¡Otra vez se me ha escapado!
Pulqueria Alejandrovna tenía intención de saludar a Sonia, pero no supo cómo hacerlo y salió de la habitación precipitadamente.
En cambio, Avdotia Romanovna, que parecía haber estado esperando su vez, al pasar ante Sonia detrás de su madre la saludó amable y gentilmente. Sonetchka perdió la calma y se inclinó con temeroso apresuramiento. Por su semblante pasó una sombra de amargura, como si la cortesía y la afabilidad de Avdotia Romanovna le hubieran producido una impresión dolorosa.
-Adiós, Dunia -dijo Raskolnikof, que había salido al vestíbulo tras ella-. Dame la mano.
-¡Pero si ya te la he dado! ¿No lo recuerdas? -dijo la joven, volviéndose hacia él, entre desconcertada y afectuosa.
-Es que quiero que me la vuelvas a dar.
Rodia estrechó fuertemente la mano de su hermana. Dunetchka le sonrió, enrojeció, libertó con un rápido movimiento su mano y siguió a su madre.
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