Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.215
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Luego se levantó, todavía absorto, fue a abrazar a su madre y volvió a su sitio.
-¿La amas aún? -preguntó Pulqueria Alejandrovna, enternecida.
-¿A ella? ¿Ahora...? Sí... Pero... No, no. Me parece que todo eso pasó en otro mundo... ¡Hace ya tanto tiempo que ocurrió...! Por otra parte, la misma impresión me produce todo cuanto me rodea.
Y los miró a todos atentamente.
-Vosotros sois un ejemplo: me parece estar viéndoos a una distancia de mil verstas... Pero ¿para qué diablos hablamos de estas cosas...? ¿Y por qué me interrogáis? -exclamó, irritado.
Después empezó a roerse las uñas y volvió a abismarse en sus pensamientos.
-¡Qué habitación tan mísera tienes, Rodia! Parece una tumba -dijo de súbito Pulqueria Alejandrovna para romper el penoso silencio-. Estoy segura de que este cuartucho tiene por lo menos la mitad de culpa de tu neurastenia.
-¿Esta habitación? -dijo Raskolnikof, distraído-. Sí, ha contribuido mucho. He reflexionado en ello... Pero ¡qué idea tan extraña acabas de tener, mamá! -añadió con una singular sonrisa.
Se daba cuenta de que aquella compañía, aquella madre y aquella hermana a las que volvía a ver después de tres años de separación, y aquel tono familiar, íntimo, de la conversación que mantenían, cuando su deseo era no pronunciar una sola palabra, estaban a punto de serle por completo insoportables.
Sin embargo, había un asunto cuya discusión no admitía dilaciones. Así acababa de decidirlo, levantándose. De un modo o de otro, debía quedar resuelto inmediatamente. Y experimentó cierta satisfacción al hallar un modo de salir de la violenta situación en que se encontraba.
-Tengo algo que decirte, Dunia -manifestó secamente y con grave semblante-. Te ruego que me excuses por la escena de ayer, pero considero un deber recordarte que mantengo los términos de mi dilema: Lujine o yo. Yo puedo ser un infame, pero no quiero que tú lo seas. Con un miserable hay suficiente. De modo que si te casas con Lujine, dejaré de considerarte hermana mía.
-¡Pero Rodia! ¿Otra vez. Las ideas de anoche? -exclamó Pulqueria Alejandrovna-. ¿Por qué lo crees infame? No puedo soportarlo. Lo mismo dijiste ayer.
-Óyeme, Rodia -repuso Dunetchka firmemente y en un tono tan seco como el de su hermano-, la discrepancia que nos separa procede de un error tuyo. He reflexionado sobre ello esta noche y he descubierto ese error. La causa de todo es que tú supones que yo me sacrifico por alguien.
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