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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.213

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-No es nada extraño -observó Zosimof.
-¿Y dices que la paliza había sido brutal?
-Eso no influyó -dijo Dunia.
Raskolnikof exclamó, súbitamente irritado:
-No sé, mamá, por qué nos has contado todas esas tonterías.
-Es que no sabía de qué hablar, hijo mío -se le escapó decir a Pulqueria Alejandrovna.
-¿Es posible que todos me temáis? -dijo Raskolnikof, esbozando una sonrisa.
-Sí, te tememos -respondió Dunia con expresión severa y mirándole fijamente a los ojos-. Mamá incluso se ha santiguado cuando subíamos la escalera.
El semblante de Raskolnikof se alteró profundamente: parecía reflejar una agitación convulsiva.
Pulqueria Alejandrovna intervino, visiblemente aturdida:
-Pero ¿qué dices, Dunia? No te enfades, Rodia, te lo suplico... Bien es verdad que, desde que partimos, no cesé de pensar en la dicha de volver a verte y charlar contigo... Tan feliz me sentía con este pensamiento, que el largo viaje me pareció corto... Pero ¿qué digo? Ahora me siento verdaderamente feliz... Te equivocas, Dunia... Y mi alegría se debe a que te vuelvo a ver, Rodia.
-Basta, mamá -dijo él, molesto por tanta locuacidad, estrechando las manos de su madre, pero sin mirarla-. Ya habrá tiempo de charlar y comunicarnos nuestra alegría.
Pero al pronunciar estas palabras se turbó y palideció. Se sentía invadido por un frío de muerte al evocar cierta reciente impresión. De nuevo tuvo que confesarse que había dicho una gran mentira, pues sabía muy bien que no solamente no volvería a hablar a su madre ni a su hermana con el corazón en la mano, sino que ya no pronunciaría jamás una sola palabra espontánea ante nadie. La impresión que le produjo esta idea fue tan violenta, que casi perdió la conciencia de las cosas momentáneamente, y se levantó y se dirigió a la puerta sin mirar a nadie.
-Pero ¿qué te pasa?-le dijo Rasumikhine cogiéndole del brazo.
Raskolnikof se volvió a sentar y paseó una silenciosa mirada por la habitación. Todos le contemplaban con un gesto de estupor.
-Pero ¿qué os pasa que estáis tan fúnebres? -exclamó de súbito-. ¡Decid algo! ¿Vamos a estar mucho tiempo así? ¡Ea, hablad! ¡Charlemos todos! No nos hemos reunido para estar mudos. ¡Vamos, hablemos!
-¡Bendito sea Dios! ¡Y yo que creía que no se repetiría el arrebato de ayer! -dijo Pulqueria Alejandrovna santiguándose.
-¿Qué te ha pasado, Rodia? -preguntó Avdotia Romanovna con un gesto de desconfianza.
-Nada -respondió el joven-: que me he acordado de una tontería.


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