Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.211
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Es algo así como un sueño.
-Al fin y al cabo, debo felicitarme de que me tomen por loco, pensó Raskolnikof.
-Pero las personas perfectamente sanas están en el mismo caso -observó Dunetchka, mirando a Zosimof con inquietud.
-La observación es muy justa -respondió el médico-. En este aspecto, todos solemos parecernos a los alienados. La única diferencia es que los verdaderos enfermos están un poco más enfermos que nosotros. Sólo sobre esta base podemos establecer distinciones. Hombres perfectamente sanos, perfectamente equilibrados, si usted prefiere llamarlos así, la verdad es que casi no existen: no se podría encontrar más de uno entre centenares de miles de individuos, e incluso este uno resultaría un modelo bastante imperfecto.
La palabra -alienado», lanzada imprudentemente por Zosimof en el calor de sus comentarios sobre su tema favorito, recorrió como una ráfaga glacial toda la estancia. Raskolnikof se mostraba absorto y distraído. En sus pálidos labios había una sonrisa extraña. Al parecer, seguía reflexionando sobre aquel punto que le tenía perplejo.
-Bueno, pero ¿ese hombre atropellado? -se apresuró a decir Rasumikhine-. Te he interrumpido cuando estabas hablando de él.
Raskolnikof se sobresaltó, como si lo despertasen repentinamente de un sueño.
-¿Cómo...? ¡Ah, sí! Me manché de sangre al ayudar a transportarlo a su casa... A propósito, mamá: cometí un acto imperdonable. Estaba loco, sencillamente. Todo el dinero que me enviaste lo di a la viuda para el entierro. Está enferma del pecho... Una verdadera desgracia... Tres huérfanos de corta edad... Hambrientos... No hay nada en la casa... Ha dejado otra hija... Yo creo que también tú les habrías dado el dinero si hubieses visto el cuadro... Reconozco que yo no tenía ningún derecho a obrar así, y menos sabiendo los sacrificios que has tenido que hacer para enviarme ese dinero. Está bien que se socorra a la gente. Pero hay que tener derecho a hacerlo. De lo contrario, Crevez chiens, si vous n´étes pas contents.
Lanzó una carcajada.
-¿Verdad, Dunia?
-No -repuso enérgicamente la joven.
-¡Bah! También tú estás llena de buenas intenciones -murmuró con sonrisa burlona y acento casi rencoroso-. Debí comprenderlo... Desde luego, eso es hermoso y tiene más valor... Si llegas a un punto que no te atreves a franquear, serás desgraciada, y si lo franqueas, tal vez más desgraciada todavía. Pero todo esto es pura palabrería -añadió, lamentando no haber sabido contenerse-. Yo sólo quería disculparme ante ti, mamá -terminó con voz entrecortada y tono tajante.
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