Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.209
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Francamente, no lo comprendo, y por eso..., por eso su bondad me abruma. Ya ve que le hablo con toda sinceridad.
-No se preocupe usted -repuso Zosimof sonriendo afectuosamente-. Imagínese que es mi primer paciente. Los médicos que empiezan sienten por sus primeros enfermos tanto afecto como si fuesen sus propios hijos. Algunos incluso los adoran. Y yo no tengo todavía una clientela abundante.
-Y no hablemos de ése -dijo Raskolnikof, señalando a Rasumikhine-. No ha recibido de mí sino insultos y molestias, y...
-¡Qué tonterías dices! -exclamó Rasumikhine-. Por lo visto, hoy te has levantado sentimental.
Si hubiese sido más perspicaz, habría advertido que su amigo no estaba sentimental, sino todo lo contrario. Avdotia Romanovna, en cambio, se dio perfecta cuenta de ello. La joven observaba a su hermano con ávida atención.
-De ti, mamá, no quiero ni siquiera hablar -continuó
Raskolnikof en el tono del que recita una lección aprendida aquella mañana-. Hoy puedo darme cuenta de lo que debiste sufrir ayer durante tu espera en esta habitación.
Dicho esto, sonrió y tendió repentinamente la mano a su hermana, sin desplegar los labios. Esta vez su sonrisa expresaba un sentimiento profundo y sincero.
Dunia, feliz y agradecida, se apoderó al punto de la mano de Rodia y la estrechó tiernamente. Era la primera demostración de afecto que recibía de él después de la querella de la noche anterior. El semblante de la madre se iluminó ante esta reconciliación muda pero sincera de sus hijos.
-Ésta es la razón de que le aprecie tanto -exclamó Rasumikhine con su inclinación a exagerar las cosas-. ¡Tiene unos gestos...!
-Posee un arte especial para hacer bien las cosas -pensó la madre-. Y ¡cuán nobles son sus impulsos! ¡Con qué sencillez y delicadeza ha puesto fin al incidente de ayer con su hermana! Le ha bastado tenderle la mano mientras le miraba afectuosamente... ¡Qué ojos tiene! Todo su rostro es hermoso. Incluso más que el de Dunetchka. ¡Pero, Dios mío, qué miserablemente vestido va! Vaska, el empleado de Atanasio Ivanovitch, viste mejor que él... ¡Ah, qué a gusto me arrojaría sobre él, lo abrazaría... y lloraría! Pero me da miedo..., sí, miedo. ¡Está tan extraño! ¡Tan finamente como habla, y yo me siento sobrecogida! Pero, en fin de cuentas, ¿qué es lo que temo de él?»
-¡Ah, Rodia! -dijo, respondiendo a las palabras de su hijo- No te puedes imaginar cuánto sufrimos Dunia y yo ayer.
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