Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.206
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Sin embargo, esta evidente pobreza daba a las dos damas un aire de especial dignidad, como es corriente en las personas que saben llevar vestidos humildes. Rasumikhine contemplaba a Avdotia Romanovna con veneración y se sentía orgulloso ante la idea de acompañarla. Y pensaba que la reina que se arreglaba las medias en la prisión debía de tener más majestad en ese momento que cuando aparecía en espléndidas fiestas y magníficos desfiles.
-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejandrovna-. Nunca me habría imaginado que pudiera causarme temor una entrevista con mi hijo, con mi querido Rodia. Pues la temo, Dmitri Prokofitch -añadió, dirigiendo al joven una tímida mirada.
-No debes inquietarte, mamá -dijo Dunia, abrazándola-. Ten confianza en él como la tengo yo.
-Confianza en él no me falta, hija -dijo la pobre mujer-. Pero no he dormido en toda la noche.
Salieron de la casa.
-¿Sabes lo que me ha pasado, Dunetchka? Que esta mañana, cuando empezaba, al fin, a quedarme dormida, la difunta Marfa Petrovna se me ha aparecido en sueños. Iba vestida de blanco. Se ha acercado a mí, me ha cogido de la mano y ha sacudido la cabeza con aire severo, como censurándome... ¿No te parece que esto es un mal presagio? ¡Dios mío! ¡Dios mío...! Oiga, Dmitri Prokofitch: ¿sabía usted que Marfa Petrovna murió?
-¿Marfa Petrovna? No sé quién es.
-Pues sí, murió de repente. Y figúrese que...
--¡Pero, mamá; si te ha dicho que no sabe quién es!
-¿De modo que no lo sabe? ¡Y yo que creía que estaba al corriente de todo! Perdóneme, Dmitri Prokofitch. Ando trastornada estos días. Le considero a usted como nuestra Providencia; por eso le creía informado de todo lo que nos concierne. Usted es para mí como una persona de la familia... No se enfade si le digo algo que no le guste... ¡Santo Dios! ¿Qué tiene usted en la mano derecha? ¡Está herido!
-Sí -gruñó Rasumikhine en un tono de íntima satisfacción.
-Soy tan expansiva a veces, que Dunia ha de frenarme. Pero, ¡Dios mío, en qué tabuco vive! ¿Se habrá despertado ya? Y esa mujer, su patrona, llama habitación a semejante tugurio... Oiga: ¿dice usted que no le gusta que le hablen demasiado? Entonces, tal vez le moleste yo, que... ¿Quiere darme algunos consejos, Dmitri Prokofitch? ¿Cómo debo comportarme con él? Ya ve usted que estoy completamente desorientada.
-No le haga demasiadas preguntas si lo ve usted triste.
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