Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.205
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»Le ruego que salude en mi nombre, con toda devoción, a Avdotia Romanovna y que acepte el respeto más sincero de su fiel servidor.
»LUJINE.»
-¿Qué debo hacer, Dmitri Prokofitch?-exclamó Pulqueria Alejandrovna casi con lágrimas en los ojos- ¿Cómo voy a decir a Rodia que no venga? Él nos pidió insistentemente que rompiéramos con Piotr Petrovitch, y he aquí ahora que Piotr Petrovitch me prohíbe que vea a mi hijo... Pero si yo le digo a Rodia esto, él es capaz de venir ex profeso. ¿Y qué ocurrirá entonces?
-Haga usted lo que Avdotia Romanovna juzgue más conveniente -repuso Rasumikhine en el acto y sin la menor vacilación.
-¡Dios mío! -exclamó la madre. ¡Cualquiera sabe lo que ella opina! Dice lo que hay que hacer, pero sin explicar el motivo. Su parecer es que conviene..., no que conviene, sino que es indispensable... que Rodia venga a las ocho y se encuentre con Piotr Petrovitch... Mi intención era no decirle nada de esta carta y procurar, con la ayuda de usted, evitar que viniese... ¡Se irrita tan fácilmente...! En lo referente a ese alcohólico que ha muerto, no sé de quién se trata, y tampoco quién es esa hija a la que Rodia ha entregado un dinero que...
-Que has logrado a costa de tantos sacrificios -terminó Avdotia Romanovna.
-Ayer su estado no era normal -dijo Rasumikhine, pensativo-. Sería interesante saber lo que hizo ayer en la taberna... En efecto, me habló de un muerto y de una joven, cuando le acompañaba a su casa; pero no comprendí ni una palabra. Ayer también estaba yo...
-Lo mejor, mamá, será que vayamos ahora mismo a casa de Rodia. Allí veremos lo que conviene hacer. Además, ya es Zora de que nos marchemos. ¡Más de las diez! -exclamó la joven después de echar una ojeada al precioso reloj de oro guarnecido de esmaltes que pendía de su cuello, prendido a una fina cadena de estilo veneciano. Esta joya contrastaba singularmente con el resto de su atavío. -Un regalo de su prometido», pensó Rasumikhine.
-Sí, Dunetchka, ya es hora -dijo Pulqueria Alejandrovna, aturdida e inquieta-; ya es hora de que nos vayamos. Al ver que no llegamos, podría creer que estamos disgustadas con él por la escena de anoche. ¡Dios mío, Dios mío...!
Mientras hablaba se ponía apresuradamente el sombrero y la mantilla. Dunetchka se compuso también. Sus guantes estaban no solamente desgastados, sino agujereados, como pudo ver Rasumikhine.
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