Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.203
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-Estoy segura de que esa joven tenía alguna cualidad -observó lacónicamente Avdotia Romanovna.
-Que Dios me perdone, pero me alegré de su muerte, pues no sé para cuál de los dos habría sido más funesto ese matrimonio -dijo Pulqueria Alejandrovna.
Acto seguido, tímidamente, con visibles vacilaciones y dirigiendo furtivas miradas a Dunia, que no ocultaba su descontento, empezó a interrogar al joven sobre la escena que se había desarrollado el día anterior entre Rodia y Lujine. Este incidente parecía causarle profunda inquietud, e incluso verdadero terror.
Rasumikhine refirió detalladamente la disputa, añadiendo sus propios comentarios. Acusó sin rodeos a Raskolnikof de haber insultado a Piotr Petrovitch deliberadamente y no mencionó el detalle de que la enfermedad que padecía su amigo podía disculpar su conducta.
-Había planeado todo esto antes de su enfermedad --concluyó.
-Yo pienso como usted -dijo Pulqueria Alejandrovna, desesperada.
Pero, al mismo tiempo, estaba profundamente sorprendida al ver que aquella mañana Rasumikhine hablaba de Piotr Petrovitch con la mayor moderación e incluso con cierto respeto. Avdotia Romanovna parecía no menos asombrada por este hecho. Pulqueria Alejandrovna no pudo contenerse.
-Así, ¿es ésa su opinión sobre Piotr Petrovitch?
-No puedo tener otra del futuro esposo de su hija -respondió Rasumikhine con calurosa firmeza-. Y no lo digo por pura cortesía sino porque... porque la mejor recomendación para ese hombre es que Avdotia Romanovna lo haya elegido por esposo... Si ayer llegué a injuriarle fue porque estaba ignominiosamente embriagado... y como loco; sí, como loco, completamente fuera de mí... Y hoy me siento profundamente avergonzado.
Enrojeció y se detuvo. Avdotia Romanovna se ruborizó también, pero no dijo nada. No había pronunciado una sola palabra desde que había empezado a oír hablar de Lujine.
Pero Pulqueria Alejandrovna se sentía un tanto desconcertada al faltarle la ayuda de su hija. Finalmente, manifestó, vacilando y dirigiendo continuas miradas a la joven, que había ocurrido algo que la trastornaba profundamente.
-Verá usted, Dmitri Prokofitch -comenzó a decir. Pero se detuvo y preguntó a su hija-: Debo hablar con toda franqueza a Dmitri Prokofitch, ¿verdad, Dunetchka?
-Desde luego, mamá -respondió sin vacilar Avdotia Romanovna.
-Pues es el caso... -continuó inmediatamente Pulqueria Alejandrovna, como si le hubiesen quitado una montaña de encima al autorizarla a participar su dolor-. En las primeras horas de esta mañana hemos recibido un carta de Piotr Petrovitch, en respuesta a la que le enviamos nosotras ayer anunciándole nuestra llegada. Él nos había prometido acudir a la estación a recibirnos, pero no le fue posible y nos envió a una especie de criado que nos condujo aquí.
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