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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.189

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.. ¿Tengo razón o no la tengo? Díganme: ¿tengo razón?
Rasumikhine dijo esto a grandes voces, sacudiendo y apretando las manos de las dos mujeres.
-¿Qué sé yo, Dios mío? -exclamó la pobre Pulqueria Alejandrovna.
Y Avdotia Romanovna repuso gravemente:
-Ha dicho usted muchas verdades, pero yo no estoy de acuerdo con usted en todos los puntos.
Apenas había terminado de pronunciar estas palabras, lanzó un grito de dolor provocado por un apretón de manos demasiado enérgico.
Rasumilchine exclamó, en el colmo del entusiasmo:
-¡Ha reconocido usted que tengo razón! Después de esto, no puedo menos de declarar que es usted un manantial de bondad, de buen juicio, de pureza y de perfección. Déme su mano, ¡démela...! Y usted deme también la suya. Quiero besarlas. Ahora mismo y de rodillas.
Y se arrodilló en medio de la acera, afortunadamente desierta a aquella hora.
-¡Basta, por favor! ¿Qué hace usted? -exclamó, alarmada, Pulqueria Alejandrovna.
-¡Levántese, levántese! -dijo Dunia, entre divertida e inquieta.
-Por nada del mundo me levantaré si no me dan ustedes la mano... Así. Esto es suficiente. Ahora ya puedo levantarme. Sigamos nuestro camino... Yo soy un pobre idiota indigno de ustedes, un miserable borracho. Pero inclinarse ante ustedes constituye un deber para todo hombre que no sea un bruto rematado. Por eso me he inclinado yo... Bueno, aquí tienen su casa. Después de ver esto, uno ha de pensar que Rodion ha hecho bien en poner a Piotr Petrovitch en la calle. ¿Cómo se habrá atrevido a traerlas a un sitio semejante? ¡Es bochornoso! Ustedes no saben la gentuza que vive aquí. Sin embargo, usted es su prometida. ¿Verdad que es su prometida? Pues bien, después de haber visto esto, yo me atrevo a decirle que su prometido es un granuja.
-Escuche, señor Rasumikhine --comenzó a decir Pulqueria Alejandrovna-. Se olvida usted...
-Sí, sí; tiene usted razón -se excusó el estudiante-; me he olvidado de algo que no debí olvidar, y estoy verdaderamente avergonzado. Pero usted no debe guardarme rencor porque haya hablado así, pues he sido franco. No crea que lo he dicho por... No, no; eso sería una vileza... Yo no lo he dicho para... No, no me atrevo a decirlo... Cuando ese hombre vino a ver a Rodia, comprendimos muy pronto que no era de los nuestros. Y no porque se había hecho rizar el pelo en la peluquería, ni porque alardeaba de sus buenas relaciones, sino porque es mezquino e interesado, porque es falso y avaro como un judío.


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