Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.184
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-¡Oh Rodia! ¿Por qué has hecho eso? Seguramente tú... No creerás que... -balbuceó Pulqueria Alejandrovna, aterrada.
Pero una mirada dirigida a Dunia le hizo comprender que no debía continuar. Avdotia Romanovna miraba fijamente a su hermano y esperaba sus explicaciones. Las dos mujeres estaban enteradas del incidente por Nastasia, que lo había contado a su modo, y se hallaban sumidas en una amarga perplejidad.
-Dunia -dijo Raskolnikof, haciendo un gran esfuerzo-, no quiero que se lleve a cabo ese matrimonio. Debes romper mañana mismo con Lujine y que no vuelva a hablarse de él.
-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejandrovna.
-Piensa lo que dices, Rodia; =replicó Avdotia Romanovna, con una cólera que consiguió ahogar en seguida-. Sin duda, tu estado no lo permite... Estás fatigado -terminó con acento cariñoso.
-¿Crees que deliro? No: tú te quieres casar con Lujine por mí. Y yo no acepto tu sacrificio. Por lo tanto, escríbele una carta diciéndole que rompes con él. Dámela a leer mañana, y asunto concluido.
-Yo no puedo hacer eso -replicó la joven, ofendida-. ¿Con qué derecho...?
-Tú también pierdes la calma, Dunetchka -dijo la madre, aterrada y tratando de hacer callar a su hija-. Mañana hablaremos. Ahora lo que debemos hacer es marcharnos.
-No estaba en su juicio -exclamó Rasumikhine con una voz que denunciaba su embriaguez-. De lo contrario, no se habría atrevido a hacer una cosa así. Mañana habrá recobrado la razón. Pero hoy lo ha echado de aquí. El otro, como es natural, se ha indignado... Estaba aquí discurseando y exhibiendo su sabiduría y se ha marchado con el rabo entre piernas.
-O sea ¿que es verdad? -dijo Dunia, afligida-. Vamos, mamá... Buenas noches, Rodia.
-No olvides lo que te he dicho, Dunia -dijo Raskolnikof reuniendo sus últimas fuerzas-. Yo no deliro. Ese matrimonio es una villanía. Yo puedo ser un infame, pero tú no debes serlo. Basta con que haya uno. Pero, por infame que yo sea, renegaría de ti. O Lujine o yo... Ya os podéis marchar.
-O estás loco o eres un déspota -gruñó Rasumikhine.
Raskolnikof no le contestó, acaso porque ya no le quedaban fuerzas.
Se había echado en el diván y se había vuelto de cara a la pared, completamente extenuado. Avdotia Romanovna miró atentamente a Rasumikhine. Sus negros ojos centellearon, y Rasumikhine se estremeció bajo aquella mirada. Pulqueria Alejandrovna estaba perpleja.
-No puedo marcharme -murmuró a Rasumikhine, desesperada-. Me quedaré aquí, en cualquier rincón.
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