Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.172
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-¿Qué quieres? -le preguntó Catalina Ivanovna.
-Va descalza, va descalza -murmuró el herido, fijando su mirada casi inconsciente en los desnudos piececitos de la niña.
-¡Calla! -gritó Catalina Ivanovna, irritada-. Bien sabes por qué va descalza.
-¡Bendito sea Dios! ¡Aquí está el médico! -exclamó Raskolnikof alegremente.
Entró el doctor, un viejecito alemán, pulcramente vestido, que dirigió en torno de él una mirada de desconfianza. Se acercó al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente su cabeza y después, con ayuda de Catalina Ivanovna, le desabrochó la camisa, empapada en sangre. Al descubrir su pecho, pudo verse que estaba todo magullado y lleno de heridas. A la derecha tenía varias costillas rotas; a la izquierda, en el lugar del corazón, se veía una extensa mancha de color amarillo negruzco y aspecto horrible. Esta mancha era la huella de una violenta patada del caballo. El semblante del médico se ensombreció. El agente de policía le había explicado ya que aquel hombre había quedado prendido a la rueda de un coche y que el vehículo le había llevado a rastras unos treinta pasos.
-Es inexplicable -dijo el médico en voz baja a Raskolnikof- que no haya quedado muerto en el acto.
-En definitiva, ¿cuál es su opinión?
-Morirá dentro de unos instantes.
-Entonces, ¿no hay esperanza?
-Ni la más mínima... Está a punto de lanzar su último suspiro... Tiene en la cabeza una herida gravísima... Se podría intentar una sangría, pero, ¿para qué, si no ha de servir de nada? Dentro de cinco o seis minutos como máximo, habrá muerto.
-Le ruego que pruebe a sangrarlo.
-Lo haré, pero ya le he dicho que no producirá ningún efecto, absolutamente ninguno.
En esto se oyó un nuevo ruido de pasos. La multitud que llenaba el vestíbulo se apartó y apareció un sacerdote de cabellos blancos. Venía a dar la extremaunción al moribundo. Le seguía un agente de la policía. El doctor le cedió su puesto, después de haber cambiado con él una mirada significativa. Raskolnikof rogó al médico que no se marchara todavía. El doctor accedió, encogiéndose de hombros.
Se apartaron todos del herido. La confesión fue breve. El moribundo no podía comprender nada. Lo único que podía hacer era emitir confusos e inarticulados sonidos.
Catalina Ivanovna se llevó a Lidotchka y al niño a un rincón -el de la estufa- y allí se arrodilló con ellos. La niña no hacía más que temblar.
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