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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.170

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Catalina Ivanovna se enfureció.
-¿Es que ni siquiera podéis dejar morir en paz a una persona? -gritó a la muchedumbre de curiosos-. Esto es para vosotros un espectáculo, ¿verdad? ¡Y venís con el cigarrillo en la boca! -exclamó mientras empezaba a toser-. Sólo os falta haber venido con el sombrero puesto... ¡Allí veo uno que lo lleva! ¡Respetad la muerte! ¡Es lo menos que podéis hacer!
La tos ahogó sus palabras, pero lo que ya había dicho produjo su efecto. Por lo visto, los habitantes de la casa la temían. Los vecinos se marcharon uno tras otro con ese extraño sentimiento de íntima satisfacción que ni siquiera el hombre más compasivo puede menos de experimentar ante la desgracia ajena, incluso cuando la víctima es un amigo estimado.
Una vez habían salido todos, se oyó decir a uno de ellos, tras la puerta ya cerrada, que para estos casos estaban los hospitales y que no había derecho a turbar la tranquilidad de una casa.
-¡Pretender que no hay derecho a morir! -exclamó Catalina Ivanovna.
Y corrió hacia la puerta con ánimo de fulminar con su cólera a sus convecinos. Pero en el umbral se dio de manos a boca con la dueña de la casa en persona, la señora Lipevechsel, que acababa de enterarse de la desgracia y acudía para restablecer el orden en el departamento. Esta señora era una alemana que siempre andaba con enredos y chismes.
-¡Ah, Señor! ¡Dios mío! -exclamó golpeando sus manos una contra otra-. Su marido borracho. Atropellamiento por caballo. Al hospital, al hospital. Lo digo yo, la propietaria.
-¡Óigame, Amalia Ludwigovna! Debe usted pensar las cosas antes de decirlas -comenzó Catalina Ivanovna con altivez (le hablaba siempre en este tono, con objeto de que aquella mujer no olvidara en ningún momento su elevada condición, y ni siquiera ahora pudo privarse de semejante placer)-. Sí, Amalia Ludwigovna...
-Ya le he dicho más de una vez que no me llamo Amalia Ludwigovna. Yo soy Amal Iván.
-Usted no es Amal Iván, sino Amalia Ludwigovna, y como yo no formo parte de su corte de viles aduladores, tales como el señor Lebeziatnikof, que en este momento se está riendo detrás de la puerta -se oyó, en efecto, una risita socarrona detrás de la puerta y una voz que decía: -Se van a agarrar de las greñas-, la seguiré llamando Amalia Ludwigovna. Por otra parte, a decir verdad, no sé por qué razón le molesta que le den este nombre.


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