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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.164

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-Bueno, pero ¿quién es usted?
-Soy Rodion Romanovitch Raskolnikof, ex estudiante, y vivo en la calle vecina, edificio Schill, departamento catorce. Pregunta al portero: me conoce.
Raskolnikof hablaba con indiferencia y estaba pensativo. Miraba obstinadamente la oscura calle, y ni una sola vez dirigió la vista a su interlocutor.
-Diga: ¿para qué ha subido al piso?
-Quería verlo.
-Pero si en él no hay nada que ver...
-Lo más prudente sería llevarlo a la comisaría -dijo de pronto el burgués.
Raskolnikof le miró por encima del hombro, lo observó atentamente y dijo, sin perder la calma ni salir de su indiferencia:
-Vamos.
-Sí, hay que llevarlo -insistió el burgués con vehemencia-. ¿A qué ha ido allá arriba? No cabe duda de que tiene algún peso en la conciencia.
-A lo mejor dice esas cosas porque está bebido -dijo el empapelador en voz baja.
-Pero ¿qué quiere usted? -exclamó de nuevo el portero, que empezaba a enfadarse de verdad-. ¿Con qué derecho viene usted a molestarnos?
-¿Es que tienes miedo de ir a la comisaría? -le preguntó Raskolnikof en son de burla.
-Es un vagabundo -opinó la mujer.
-¿Para qué discutir? -dijo el otro portero, un corpulento mujik que llevaba la blusa desabrochada y un manojo de llaves pendiente de la cintura-. ¡Hala, fuera de aquí...! Desde luego, es un vagabundo... ¿Has oído? ¡Largo!
Y cogiendo a Raskolnikof por un hombro, lo echó a la calle.
Raskolnikof se tambaleó, pero no llegó a caer. Cuando hubo recobrado el equilibrio, los miró a todos en silencio y continuó su camino.
-Es un bribón -dijo el empapelador.
-Hoy cualquiera se puede convertir en un bribón -dijo la mujer.
-Aunque no sea nada más que un granuja, debimos llevarlo a la comisaría.
-Lo mejor es no mezclarse en estas cosas -opinó el corpulento mujik-. Desde luego, es un granuja. Estos tipos le enredan a uno de modo que luego no sabe cómo salir.
-¿Voy o no voy?», se preguntó Raskolnikof deteniéndose en medio de una callejuela y mirando a un lado y a otro, como si esperase un consejo.
Pero ninguna voz turbó el profundo silencio que le rodeaba. La ciudad parecía tan muerta como las piedras que pisaba, pero muerta solamente para él, solamente para él...
De súbito, distinguió a lo lejos, a unos doscientos metros aproximadamente, al final de una calle, un grupo de gente que vociferaba. En medio de la multitud había un coche del que partía una luz mortecina.


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