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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.163

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El obrero de más edad se quedó mirándole.
-¿Qué desea usted? -le preguntó de pronto.
En vez de contestarle, Raskolnikof se levantó, pasó al vestíbulo y empezó a tirar del cordón de la campanilla. Era la misma; la reconoció por su sonido de hojalata. Tiró del cordón otra vez, y otra, aguzó el oído mientras trataba de recordar. La atroz impresión recibida el día del crimen volvió a él con intensidad creciente. Se estremecía cada vez que tiraba del cordón, y hallaba en ello un placer cuya violencia iba en aumento.
-Pero ¿qué quiere usted? ¿Y quién es? -le preguntó el empapelador de más edad, yendo hacia él.
Raskolnikof volvió a la habitación.
-Quiero alquilar este departamento -repuso-, y es natural que desee verlo.
-De noche no se miran los pisos. Además, ha de subir acompañado del portero.
-Veo que han lavado el suelo. ¿Van a pintarlo? ¿Queda alguna mancha de sangre?
-¿De qué sangre?
-Aquí mataron a la vieja y a su hermana. Allí había un charco de sangre.
-Pero ¿quién es usted? -exclamó, ya inquieto, el empapelador.
-¿Yo?
-Sí.
-¿Quieres saberlo? Ven conmigo a la comisaría. Allí lo diré.
Los dos trabajadores se miraron con expresión interrogante.
-Ya es hora de que nos vayamos -dijo el mayor-. Incluso nos hemos retrasado. Vámonos, Aliochka. Tenemos que cerrar.
-Entonces, vamos -dijo Raskolnikof con un gesto de indiferencia.
Fue el primero en salir. Después empezó a bajar lentamente la escalera.
-¡Hola, portero! -exclamó cuando llegó a la entrada.
En la puerta había varias personas mirando a la gente que pasaba: los dos porteros, una mujer, un burgués en bata y otros individuos. Raskolnikof se fue derecho a ellos.
-¿Qué desea? -le preguntó uno de los porteros.
-¿Has estado en la comisaría?
-De allí vengo. ¿Qué desea usted?
-¿Están todavía los empleados?
-Sí.
-¿Está el ayudante del comisario?
-Hace un momento estaba. Pero ¿qué desea?
Raskolnikof no contestó; quedó pensativo.
-Ha venido a ver el piso -dijo el empapelador de más edad.
-¿Qué piso?
-El que nosotros estamos empapelando. Ha dicho que por qué han lavado la sangre, que allí se ha cometido un crimen y que él ha venido para alquilar una habitación. Casi rompe el cordón de la campanilla a fuerza de tirones. Después ha dicho: -Vamos a la comisaría; allí lo contaré todo.» Y ha bajado con nosotros.
El portero miró atentamente a Raskolnikof. En sus ojos había una mezcla de curiosidad y recelo.


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