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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.159

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.. Edificio Potchinkof, tercer piso. ¡No lo olvides!
-Si continúas así, un día te dejarás azotar por pura caridad.
-¿Yo? Le cortaré las orejas al que muestre tales intenciones. Edificio Potchinkof, número cuarenta y siete, departamento del funcionario Babuchkhine...
-No iré, Rasumikhine.
Y Raskolnikof dio media vuelta y empezó a alejarse.
-Pues yo creo que sí que vendrás, porque lo conozco... ¡Oye! ¿Está aquí Zamiotof?
-Sí.
-¿Habéis hablado?
-Sí.
-¿De qué...? ¡Bueno, no me lo digas si no quieres! ¡Vete al diablo! Potchinkof, cuarenta y siete, Babuchkhine. ¡No lo olvides!
Raskolnikof llegó a la Sadovia[L32], dobló la esquina y desapareció. Rasumikhine le había seguido con la vista. Estaba pensativo. Al fin se encogió de hombros y entró en el establecimiento. Ya en la escalera, se detuvo.
-¡Que se vaya al diablo! -murmuró-. Habla como un hombre cuerdo y, sin embargo... Pero ¡qué imbécil soy! ¿Acaso los locos no suelen hablar como personas sensatas?
Esto es lo que me parece que teme Zosimof -y se llevó el dedo a la sien- ¿Y qué ocurrirá si...? No se le puede dejar solo. Es capaz de tirarse al río... He hecho una tontería: no debí dejarlo.
Echó a correr en busca de Raskolnikof. Pero éste había desaparecido sin dejar rastro. Rasumikhine regresó al Palacio de Cristal para interrogar cuanto antes a Zamiotof.
Raskolnikof se había dirigido al puente de... Se internó en él, se acodó en el pretil y su mirada se perdió en la lejanía. Estaba tan débil, que le había costado gran trabajo llegar hasta allí. Sentía vivos deseos de sentarse o de tenderse en medio de la calle. Inclinado sobre el pretil, miraba distraído los reflejos sonrosados del sol poniente, las hileras de casas oscurecidas por las sombras crepusculares y a la orilla izquierda del río, el tragaluz de una lejana buhardilla, incendiado por un último rayo de sol. Luego fijó la vista en las aguas negras del canal y quedó absorto, en atenta contemplación. De pronto, una serie de círculos rojos empezaron a danzar ante sus ojos; las casas, los transeúntes, los malecones, empezaron también a danzar y girar. De súbito se estremeció. Una figura insólita, horrible, que acababa de aparecer ante él, le impresionó de tal modo, que no llegó a desvanecerse. Había notado que alguien acababa de detenerse cerca de él, a su derecha. Se volvió y vio una mujer con un pañuelo en la cabeza. Su rostro, amarillento y alargado, aparecía hinchado por la embriaguez.


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