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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.156

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La terrible confesión temblaba en sus labios, como días atrás el cerrojo en la puerta, y estaba a punto de escapársele.
-¿Y si yo fuera el asesino de la vieja y de Lisbeth? -preguntó, e inmediatamente volvió a la realidad.
Zamiotof le miró con ojos extraviados y se puso blanco como un lienzo. Esbozó una sonrisa.
-¿Es posible? -preguntó en un imperceptible susurro.
Raskolnikof fijó en él una mirada venenosa.
-Confiese que se lo ha creído -dijo en un tono frío y burlón-. ¿Verdad que sí? ¡Confiéselo!
-Nada de eso -replicó vivamente Zamiotof-. No lo creo en absoluto. Y ahora menos que nunca.
-¡Ha caído usted, muchacho! ¡Ya le tengo! Usted no ha dejado de creerlo, por poco que sea, puesto que dice que ahora lo cree moins que jamais.
-No, no -exclamó Zamiotof, visiblemente confundido-. Yo no lo he creído nunca. Ha sido usted, confiéselo, el que me ha atemorizado para inculcarme esta idea.
-Entonces, ¿no lo cree usted? ¿Es que no se acuerda de lo que hablaron ustedes cuando salí de la comisaría? Además, ¿por qué el -teniente Pólvora» me interrogó cuando recobré el conocimiento?
Se levantó, cogió su gorra y gritó al camarero:
-¡Eh! ¿Cuánto le debo?
-Treinta kopeks -dijo el muchacho, que acudió a toda prisa.
-Toma. Y veinte de propina. ¡Mire, mire cuánto dinero! -continuó, mostrando a Zamiotof su temblorosa mano, llena de billetes-. Billetes rojos y azules, veinticinco rublos en billetes. ¿De dónde los he sacado? Y estas ropas nuevas, ¿cómo han llegado a mi poder? Usted sabe muy bien que yo no tenía un kopek. Lo sabe porque ha interrogado a la patrona. De esto no me cabe duda. ¿Verdad que la ha interrogado...? En fin, basta de charla... ¡Hasta más ver...! ¡Encantado!
Y salió del establecimiento, presa de una sensación nerviosa y extraña, en la que había cierto placer desesperado. Por otra parte, estaba profundamente abatido y su semblante tenía una expresión sombría. Parecía hallarse bajo los efectos de una crisis reciente. Una fatiga creciente le iba agotando. A veces recobraba de súbito las fuerzas por obra de una violenta excitación, pero las perdía inmediatamente, tan pronto como pasaba la acción de este estimulante ficticio.
Al quedarse solo, Zamiotof no se movió de su asiento. Allí estuvo largo rato, pensativo. Raskolnikof había trastornado inesperadamente todas sus ideas sobre cierto punto y fijado definitivamente su opinión.
Ilia Petrovitch es un imbécil», se dijo


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